Por fin comenzaron a caer las hojas de los arces de Hyde Park en serio, metódicamente, no como en septiembre, que era tan sólo un amago, un preludio lúdico de lo que habría de venir ahora, con la lluvia persistente. Esta mañana he venido en bicicleta muy despacio, tratando de fijar los colores en la memoria, y ese olor característico a podredumbre benéfica que dejan las hojas en el suelo, alfombrándolo todo y ocultando las líneas blancas del carril bici. Las ramas de los árboles se vuelcan hacia el suelo con el peso de la humedad, y la mañana, casi siempre llena de ciclistas que van al trabajo, de personas haciendo jogging, o paseando al perro, hoy más bien tenía el aspecto de camino campestre en el corazón de la gran ciudad. La avenida de los arces, que no tiene nombre y que también llaman Tree lined avenue, me ha devuelto la nostalgia del recolector de setas.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Por fin
Por fin comenzaron a caer las hojas de los arces de Hyde Park en serio, metódicamente, no como en septiembre, que era tan sólo un amago, un preludio lúdico de lo que habría de venir ahora, con la lluvia persistente. Esta mañana he venido en bicicleta muy despacio, tratando de fijar los colores en la memoria, y ese olor característico a podredumbre benéfica que dejan las hojas en el suelo, alfombrándolo todo y ocultando las líneas blancas del carril bici. Las ramas de los árboles se vuelcan hacia el suelo con el peso de la humedad, y la mañana, casi siempre llena de ciclistas que van al trabajo, de personas haciendo jogging, o paseando al perro, hoy más bien tenía el aspecto de camino campestre en el corazón de la gran ciudad. La avenida de los arces, que no tiene nombre y que también llaman Tree lined avenue, me ha devuelto la nostalgia del recolector de setas.
martes, 1 de noviembre de 2011
Miedos
Tengo miedo de volver a España, tengo miedo de no poder alimentar a mis hijos, tengo miedo de las primeras planas de los periódicos, de las noticias económicas, que siempre me ofrecen un futuro negro o nebuloso o lleno de humo a través del cual no puedo ver bien, ni imaginar mi vida, miedo de las elecciones y miedo del siguiente partido político que gobernará el país al que volveré el próximo verano, tengo miedo de echar de menos la lluvia y los árboles que se visten de rojo, de amarillo, de tonalidades moradas, en noviembre, los autobuses de dos plantas y los taxis pintados con la bandera británica, miedo de no oler los curris cocinados en las casas para la cena mientras vuelvo a casa y ya es de noche, o se está haciendo de noche y mis hijos desordenan la casa, miedo de no tener casa, de no tener futuro, de estar rumiando siempre un pasado mejor, miedo de la guerra, miedo de que las fronteras vuelvan a aparecer, los registros, la sospecha, tengo miedo de que la vida se me escape como un líquido y no me dé cuenta de que he vivido, de que han pasado los años, tengo miedo de no recordar la voz de mis hijos cuando eran pequeños, las cosas que hicieron y me hicieron reír, también llorar, de alegría, de tristeza, miedo de los días vacíos, miedo de perder las horas en la ofuscación del odio o del resentimiento, de ocupar el tiempo en la esterilidad, de darme cuenta tarde y ver que se me fueron las horas, los días, los años. Por eso, día a día, minuto a minuto, como si los tuviera contados, trato de mirar con atención, porque no quiero que se me olvide el hermoso rostro que a la mañana me cuenta un sueño, una idea, ni la sonrisa que llevo en mi recuerdo al salir de casa y que me calienta el cuerpo como un caldo reconstituyente y placentero.
jueves, 27 de octubre de 2011
Una vez en la vida
Le regalé a Emma por nuestro aniversario una cena en el restaurante del Hotel Claridge que desde hace poco dirige Gordon Ramsey a través de uno de sus lugartenientes, el chef Steve Allen. Comida estupenda, ambiente inmejorable y sabores ni siquiera imaginados en una noche corta y preciosa. Como no tenemos costumbre de salir ni de beber, yo esta mañana tenía una resaca de otros tiempos que aplaqué como pude a las seis de la mañana (con James sonriente y deseoso de jugar) con dos pastillas de ibuprofeno.
Gordon Ramsey es uno de los grandes chefs de la cocina inglesa (siempre se dice que en Inglaterra se come muy mal), futbolista profesional en su juventud, tuvo que ser defensa porque tiene la cara llena de cicatrices, y reconvertido en apasionado chef con varios programas de televisión en los que defiende con lenguaje procaz la frescura de los alimentos. La comida que ofrece en el Claridge´s es estupenda y carísima. Pero son cosas que uno hace una vez en la vida.
Por cierto, la habitación 212 del Hotel Claridge fue durante un día territorio yugoslavo, qué curioso. Fue una decisión del gobierno británico para que el príncipe Alejandro de Yugoslavia pudiera nacer en su país. Curioso también que el príncipe, cuando se hizo mayor, terminara casándose en el pueblo sevillano de Villamanrique de la Condesa con una princesa llamada María de la Gloria, supongo que en casa llamada MariGlo, algo así. Y es que siempre termina uno en casa, aunque se vaya lejos a cenar.
Gordon Ramsey es uno de los grandes chefs de la cocina inglesa (siempre se dice que en Inglaterra se come muy mal), futbolista profesional en su juventud, tuvo que ser defensa porque tiene la cara llena de cicatrices, y reconvertido en apasionado chef con varios programas de televisión en los que defiende con lenguaje procaz la frescura de los alimentos. La comida que ofrece en el Claridge´s es estupenda y carísima. Pero son cosas que uno hace una vez en la vida.
Por cierto, la habitación 212 del Hotel Claridge fue durante un día territorio yugoslavo, qué curioso. Fue una decisión del gobierno británico para que el príncipe Alejandro de Yugoslavia pudiera nacer en su país. Curioso también que el príncipe, cuando se hizo mayor, terminara casándose en el pueblo sevillano de Villamanrique de la Condesa con una princesa llamada María de la Gloria, supongo que en casa llamada MariGlo, algo así. Y es que siempre termina uno en casa, aunque se vaya lejos a cenar.
sábado, 22 de octubre de 2011
Encapuchados
Los vi ayer por la mañana, mientras preparábamos las mil cosas que uno necesita si tiene dos hijos, uno de ellos, bebé, antes de salir de casa, dónde están los zapatos, ¿has metido fruta en la bolsa de James?, el libro de la biblioteca, no olvides devolverlo, y las imágenes de la BBC, la televisión apenas audible con el jaleo de los niños y las prisas de siempre por la mañana, ¿qué pensarán los vecinos de al lado?, y no sé por qué, tal vez el barrido de mi mirada buscando otra cosa pasó por la pantalla y allí estaban los tres, con sus capuchas blancas, aparecidos de una época medieval que ya creímos pasada, un Ku Klux Klan desarraigado o trasplantado, el titular: ETA ceasefire.
Hace muchos años pusieron una carga de trescientos kilos de..., ¿amonal? al final de la avenida Carlos III de Córdoba. Era a primera hora de la mañana, tal vez las siete, cuando la luz del día todavía no se ha adueñado de la ciudad, cuando pasa, como cada mañana, el minibús que lleva a los oficiales y suboficiales del Ejército de Tierra hacia Cerro Muriano, me acuerdo perfectamente porque yo cogí muchas veces aquel minibús cuando estaba haciendo la mili. Había otra carga, una mochila tal vez, que habían dejado en un contenedor de basura, no sé por qué hicieron eso, poner una carga de trescientos kilos en una furgoneta y otra de dos kilos y medio, sus razones tendrían. Mi padre pasaba a aquella hora por allí todos los días. Tomaba a veces un café en aquel bar, otras simplemente seguía con su coche hacia la fábrica ASLAND, donde entonces estaba trabajando. Pasaba justamente por el lateral de la avenida donde veía cada mañana detenido el minibús de los militares, como lo llamaba. Pero aquél día, cuando arrancó el coche, se dio cuenta de que se había olvidado parte de su comida en casa. Quitó la llave del contacto, cerró el coche, subió las escaleras, abrió la puerta, mi madre le preguntaría qué pasa, Chati, ¿qué se te ha olvidado?, y él diría que el bocadillo, o la botella de gazpacho, o lo que fuera. Cogió lo olvidado del frigorífico o del congelador y se marchó de nuevo, y se retrasó el tiempo suficiente como para que cuando iba llegando a la altura del minibús ya no pudiera seguir avanzando con el coche, vio las sirenas de la policía y las ambulancias llegar desde muchos sitios al mismo tiempo y tuvo que coger calles laterales para llegar al trabajo con retraso, pero con vida. Aquella vez los trescientos kilos de explosivo no explotaron, pero sí la mochila o la bolsa que hubiera en el contenedor, que segó la vida de un sargento joven llamado Miguel Ángel Ayllón. Hubieran podido ser muchos más si el detonador, o como se llame, hubiera funcionado.
Qué importante es a veces llegar tarde a los sitios.
Hace muchos años pusieron una carga de trescientos kilos de..., ¿amonal? al final de la avenida Carlos III de Córdoba. Era a primera hora de la mañana, tal vez las siete, cuando la luz del día todavía no se ha adueñado de la ciudad, cuando pasa, como cada mañana, el minibús que lleva a los oficiales y suboficiales del Ejército de Tierra hacia Cerro Muriano, me acuerdo perfectamente porque yo cogí muchas veces aquel minibús cuando estaba haciendo la mili. Había otra carga, una mochila tal vez, que habían dejado en un contenedor de basura, no sé por qué hicieron eso, poner una carga de trescientos kilos en una furgoneta y otra de dos kilos y medio, sus razones tendrían. Mi padre pasaba a aquella hora por allí todos los días. Tomaba a veces un café en aquel bar, otras simplemente seguía con su coche hacia la fábrica ASLAND, donde entonces estaba trabajando. Pasaba justamente por el lateral de la avenida donde veía cada mañana detenido el minibús de los militares, como lo llamaba. Pero aquél día, cuando arrancó el coche, se dio cuenta de que se había olvidado parte de su comida en casa. Quitó la llave del contacto, cerró el coche, subió las escaleras, abrió la puerta, mi madre le preguntaría qué pasa, Chati, ¿qué se te ha olvidado?, y él diría que el bocadillo, o la botella de gazpacho, o lo que fuera. Cogió lo olvidado del frigorífico o del congelador y se marchó de nuevo, y se retrasó el tiempo suficiente como para que cuando iba llegando a la altura del minibús ya no pudiera seguir avanzando con el coche, vio las sirenas de la policía y las ambulancias llegar desde muchos sitios al mismo tiempo y tuvo que coger calles laterales para llegar al trabajo con retraso, pero con vida. Aquella vez los trescientos kilos de explosivo no explotaron, pero sí la mochila o la bolsa que hubiera en el contenedor, que segó la vida de un sargento joven llamado Miguel Ángel Ayllón. Hubieran podido ser muchos más si el detonador, o como se llame, hubiera funcionado.
Qué importante es a veces llegar tarde a los sitios.
martes, 11 de octubre de 2011
Contar la vida
A veces tiene que morir un escritor para comprar uno un libro suyo, y
me da pena decir que cuando me enteré de la muerte de Thomas Mermall,
un completo desconocido, no pude sino encargar en Amazon sus memorias,
tituladas Semillas de gracia, que llegó a casa el fin de semana, editado bella y sobriamente por Pre-Textos.
Siempre quise escribir y contar mi vida, o parte de ella, o la que
pertenece a mis abuelos o a mis padres, pero depués de leer la
extraordinaria primera parte de Semillas lo único que se me
ocurre es agachar la cabeza o esconderla como las avestruces, pues junto
a las experiencias del niño Thomas, con seis años de edad, bajo la
ocupación nazi, mi historia, tal vez cualquier historia que yo pueda
contar, no resiste la comparación, y cae en pedacitos tristes de papel
rasgado. Venía hoy al trabajo en la bicicleta, pedaleando lentamente,
pensando, mientras me dejaba adelantar por todos, mirando los árboles de
mi querido Hyde Park, que es injusto que haya biografías o
autobiografías que vayan a quitar espacio o posibilidades a las que
realmente son necesarias que se lean, necesarias porque contribuyen a
crear una humanidad mejor detrás o a pesar del horror. Thomas fue el
único niño judío que salvó la vida en aquella zona de la actual Ucrania.
Y salvó la vida gracias a un señor que no le importó jugarse su vida y
la de su mujer y la de sus hijos por ayudarle a él y a su padre. "Los seres humanos pueden hacer", escribe Thomas "el bien por el bien mismo. De no ser así, yo no estaría vivo para escribir estas páginas".
Por casualidad esta mañana también me topé con un artículo de Luis Antonio de Villena sobre Semillas de gracia donde recuerda eso de que "dijo alguien que si cada ser humano escribiera sus recuerdos y fuera sincero (aunque lo hiciera sin arte) el patrimonio mental de la humanidad ganaría mucho". Leyendo a Thomas Mermall uno aprende o puede aprender a hacer un trabajo de autosinceridad, pues la tiene delante. Tal vez sea lo que nos queda, tratar de ser sinceros y nunca rencorosos, contar la vida para colaborar en una mejor humanidad, porque siempre ha sido posible.
Curiosamente hoy se ha anunciado la llegada a las librerías de la biografía de Pepe Reina, portero del Liverpool. Llenará escaparates, estará amontonado como cajas de refrescos sobre el suelo de las librerías Waterstones mientras el librito de Mermall yacerá oculto en un rincón, tímido pero verdadero.
Por casualidad esta mañana también me topé con un artículo de Luis Antonio de Villena sobre Semillas de gracia donde recuerda eso de que "dijo alguien que si cada ser humano escribiera sus recuerdos y fuera sincero (aunque lo hiciera sin arte) el patrimonio mental de la humanidad ganaría mucho". Leyendo a Thomas Mermall uno aprende o puede aprender a hacer un trabajo de autosinceridad, pues la tiene delante. Tal vez sea lo que nos queda, tratar de ser sinceros y nunca rencorosos, contar la vida para colaborar en una mejor humanidad, porque siempre ha sido posible.
Curiosamente hoy se ha anunciado la llegada a las librerías de la biografía de Pepe Reina, portero del Liverpool. Llenará escaparates, estará amontonado como cajas de refrescos sobre el suelo de las librerías Waterstones mientras el librito de Mermall yacerá oculto en un rincón, tímido pero verdadero.
viernes, 7 de octubre de 2011
Adiós al verano
Era a principios de septiembre cuando yo vislumbraba la llegada del otoño, con sus vientos espantosos y hojas cayendo suavemente de los arces de Hyde Park, y sin embargo el 1 de octubre, hace una semana justamente, gracias a esas bolsas de aire caliente que uno nunca se explica a pesar de atender escrupulosamente a las explicaciones del experto de turno en la televisión, o gracias a lo que la sabiduría popular denomina indian summer, nos fuimos de excursión a la playa, a Camber Sands Beach, por más señas, una playa de arena blanca y dunas como las de Bolonia, y con un agua no más fría, así que pudimos bañarnos y nadar y coger almejas en uno de los cubos de juguete que Alexander llevaba para hacer castillos de arena. Como habíamos llegado a las diez de la mañana y nos lo estábamos pasando tan bien no nos dimos cuenta de que la playa se llenaba sin interrupción, que un río constante de familias llegaban a ella con sus neveras y sus sombrillas y sus toallas y sus inútiles cometas, pues no hacía viento, con perros, con niños, con abuelos, con balones de plástico y de reglamento, y cuando al fin nos dimos cuenta estábamos tan rodeados de gente que aquello dejó de recordarme a Bolonia y me trajo sin embargo a la memoria los peores fines de semana de agosto de la playa de Fuengirola, quien haya estado allí sabrá de lo que hablo. De modo que como ya nos había dado mucho sol y eran las dos de la tarde decidimos volver a casa. Todavía llegaba gente a la playa, y por la carretera estrecha que llega al mar una larga fila de coches esperaba a entrar en un parking donde ya no cabía ni una mosca, y en las inexistentes cunetas había cientos de coches aparcados. Día precioso para nosotros, pero supongo que un infierno para aquellos que todavía esperaban aparcar después de haber estado viajando toda la mañana desde Londres.
Y el espejismo del calor y de la playa y del baño en las aguas del Atlántico ya se ha ido. La calefacción de la casa está encendida. Adiós, verano.
Y el espejismo del calor y de la playa y del baño en las aguas del Atlántico ya se ha ido. La calefacción de la casa está encendida. Adiós, verano.
martes, 27 de septiembre de 2011
Niebla
Es difícil, a pesar de del cliché construido sobre la ciudad de Londres, encontrar un día de niebla. La niebla de las películas era más bien humo, el que emergía de los trenes y los tranvías y el metro, que comenzó a funcionar en el siglo XIX. También el humo del carbón de cada casa, el humo de la madera, de miles de fuegos encendidos para calentar cada rincón, para alejar las humedades. Hoy es uno de esos días de niebla que augura un mediodía si no caluroso, bochornoso, de mangas cortas. Indian summer llaman aquí al Veranillo de San Miguel, o del Membrillo. En la bicicleta se me han humedecido las ropas y se me ha mojado la cara, y en la calle de Golborne no he podido resistirme a hacer una foto al emblemático edificio de los años sesenta construido en North Kensignton para albergar a familias desestructuradas. Pensaban entonces que estos edificios iban a resolver problemas de integración, pero la verdad resultó inversa. Una compañera de Historia que vino sólo un año a trabajar al instituto decidió visitarlo por dentro, pero en el ascensor alguien quiso quitarle los zapatos. Parece ser que le gustaron.
viernes, 23 de septiembre de 2011
La primera mirada
Hace años no me hubiera imaginado despertándome diariamente a las cinco de la mañana, preparando las cosas para iniciar el día, la comida de James, la mía, el desayuno de Alexander, el café, cuyo olor comienza a inundar la casa inaugurando el nuevo día que está aún por llegar, pues afuera es de noche. Es noche cerrada todavía, pero el segundo en despertar, invariablemente, es el pequeño James, que me recibe siempre con una sonrisa y una mirada grande. Yo lo miro también, miro sus ojos, miro su mirada buscando trazos que me recuerdan siempre a Alexander, o al recuerdo que tengo de él, cuando aún era un bebé, y no el niño que es ahora, tan interesado por la fauna marina y por las matemáticas, los ordenadores y las aventuras que le suceden a Doctor Who. Sin embargo, aunque no me hubiera imaginado la vida que llevo ahora, yo no puedo imaginarme otra vida que no sea esta, la que cada mañana me lleva a despertar, a sentir que el día se abre como un ramo de flores ante la mirada de ese pequeño ser que me mira fregar los platos desde su silla en la cocina, todavía de noche, y me habla: ta, ma, ba... Tal vez la felicidad sea eso, que ante el cansancio de las noches sin dormir seguido, ante la oscuridad de un futuro que se nos desmorona, ante la falta de tiempo para todo lo que uno desea hacer, se encuentra siempre la sonrisa y la mirada que le salva a uno el día desde el principio.
jueves, 22 de septiembre de 2011
Libros robados
En el instituto los libros se encontraban en las estanterías acristaladas de los departamentos. Yo aprendí a abrir las puertas con un sedal de naylon. Pasaba el hilo por detrás del pestillo y luego tiraba muy despacio de las dos puntas, haciendo ceder el pestillo, hasta que se abría la puerta sin ruido. Quienes me acompañaban buscaban exámenes por los cajones. Yo, en la penumbra del departamento violado, leía los lomos de los libros, elegía alguno al azar. Así es como llegó a mis manos la Historia del tiempo, de Stephen Hawking.
Lo leí durante el verano de 1986. Han pasado 25 años, y todavía se encuentra aquel ejemplar entre los volúmenes de los estantes, los que no han sido guardados en cajas, los que no se quedaron en la casa de mis padres, en Córdoba, o en el ático de Fuengirola. Está conmigo, como un fetiche. Los libros eran conquistas. Los libros leídos. Los que podía terminar. Y se iban quedando ahí, en el estante de mi habitación, no junto a los libros de texto, aparte de ellos. Los que iban formando mi identidad, lo que me hacía distinto. Estaban también libros que comenzaba a comprar, claro está, los que adquiría con el dinero del reparto de propaganda por las calles del centro, generalmente en la plaza de Las Tendillas.
Me avergüenza ahora un poco eso de los libros robados. Sobre todo contarlo, decirlo así, sin más. Los compañeros me llamaban cuando necesitaban registrar un departamento: "Tenemos un examen mañana, ¿no podrías abrirnos la puerta del de Lengua?" Yo, mientras se procedía al meticuloso registro, leía los lomos de los libros: Adiós, Cordera; Trafalgar; Poeta en Nueva York...
Quitaba el tejuelo de los lomos, pero quedaba intacto el sello entre las páginas del libro. Pronto, ahora que ya los libros están dejando de ser conquistas, fetiches, los devolveré, o los donaré, o los dejaré estar. Quién sabe.
Lo leí durante el verano de 1986. Han pasado 25 años, y todavía se encuentra aquel ejemplar entre los volúmenes de los estantes, los que no han sido guardados en cajas, los que no se quedaron en la casa de mis padres, en Córdoba, o en el ático de Fuengirola. Está conmigo, como un fetiche. Los libros eran conquistas. Los libros leídos. Los que podía terminar. Y se iban quedando ahí, en el estante de mi habitación, no junto a los libros de texto, aparte de ellos. Los que iban formando mi identidad, lo que me hacía distinto. Estaban también libros que comenzaba a comprar, claro está, los que adquiría con el dinero del reparto de propaganda por las calles del centro, generalmente en la plaza de Las Tendillas.
Me avergüenza ahora un poco eso de los libros robados. Sobre todo contarlo, decirlo así, sin más. Los compañeros me llamaban cuando necesitaban registrar un departamento: "Tenemos un examen mañana, ¿no podrías abrirnos la puerta del de Lengua?" Yo, mientras se procedía al meticuloso registro, leía los lomos de los libros: Adiós, Cordera; Trafalgar; Poeta en Nueva York...
Quitaba el tejuelo de los lomos, pero quedaba intacto el sello entre las páginas del libro. Pronto, ahora que ya los libros están dejando de ser conquistas, fetiches, los devolveré, o los donaré, o los dejaré estar. Quién sabe.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Más noticias sobre el caos
Terminando de leer las aventuras de Anthony Whitelands (o Antonio Vitelas, o Tony) en el Madrid de preguerra de Eduardo Mendoza, con la que me he reído con gusto (me digo que si Riña de Gatos ha ganado el Planeta es porque algo comienza a cambiar en España, algo profundo, importante, sobre la Guerra Civil), y sin atreverme a continuar todavía con las decisiones finales de Catherine, la heroína de Henry James obcecada en casarse con un cazafortunas aun en contra del parecer de su padre, el doctor Sloper, me encuentro debajo del asiento del coche, mientras espero a que Alexander termine su clase dominical de golf, con la novela de Joseph Mitchell Joe Gould´s secret, que compré antes del verano y desapareció de mis manos a medio leer. De repente me acordé de los personajes de Henry James, que caminan por la misma ciudad, pero en otro tiempo. New York City es, como todas las ciudades, varias al mismo tiempo, pero todas ellas con lugares comunes. Me sumerjo en la lectura, justo donde la había dejado varios meses antes, cuando Joe Gould va al encuentro de su entrevistador en una cafetería donde desayunará después de haber dormido en el porche de una iglesia, y ahora que veo la iglesia, o la imagino, posiblemente sea la misma frente a la que pasea o camina el doctor Sloper, sin pararse, sin mirar siquiera a los feligreses que salen y entran, una ciudad es muchas ciudades al mismo tiempo. De pronto llega la hora de que Alexander salga de su clase, con su bolsa de palos de golf colgando del hombro. El libro de Mitchell ha tenido que venir con nosotros en el viaje veraniego a España, me digo, y ha estado ahí, escondido, hasta ahora, tal vez esperando a aparecer justo antes de que estuviera a punto de terminar Washington Square. Curioso esto de los libros. Siempre pensé que los libros lo eligen a uno, no al revés. Así que no tendré más remedio que dejarme llevar por sus caprichos. Tal vez eso sea la formación literaria. Azar y caos.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Propósitos de nuevo curso
Septiembre es para mí desde hace ya mucho tiempo el principio del año, cuando me propongo realizar durante los siguientes meses aquello que la mayoría hace en enero. Enero, sin embargo, es la continuación de un año ya comenzado, cuando evalúo, casi siempre negativamente, el desarrollo de los proyectos que me propuse ahora, en estos días raros en que uno conoce a los alumnos que llegan por primera vez al centro con cara de miedo y de mucha atención a todo, los ojos muy abiertos.
El verano ha pasado y no me ha dado tiempo de abrir Guerra y paz. Ahora están en el estante de libros que me esperan en el corto plazo de los propósitos de nuevo curso la Trilogía americana, de Roth, y Underworld, de Don Delillo, pero como soy un desastre y mi formación caótica, por eso nunca llegaré a nada, se me adelantan los que me salen al paso de repente, como si quisiera inconscientemente no cumplir lo que me propongo, o peor aún, confirmar que los propósitos de nuevo curso no se cumplen casi nunca. Me ha salido al paso Riña de gatos, de Eduardo Mendoza, Washington Square, de Henry James, y El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, que estoy leyendo al mismo tiempo. El azar de los libros que salen al paso me descompone el propósito, convierte mi formación literaria en un caos, que es lo que ha sido siempre mi vida. Un desastre.
El verano ha pasado y no me ha dado tiempo de abrir Guerra y paz. Ahora están en el estante de libros que me esperan en el corto plazo de los propósitos de nuevo curso la Trilogía americana, de Roth, y Underworld, de Don Delillo, pero como soy un desastre y mi formación caótica, por eso nunca llegaré a nada, se me adelantan los que me salen al paso de repente, como si quisiera inconscientemente no cumplir lo que me propongo, o peor aún, confirmar que los propósitos de nuevo curso no se cumplen casi nunca. Me ha salido al paso Riña de gatos, de Eduardo Mendoza, Washington Square, de Henry James, y El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, que estoy leyendo al mismo tiempo. El azar de los libros que salen al paso me descompone el propósito, convierte mi formación literaria en un caos, que es lo que ha sido siempre mi vida. Un desastre.
viernes, 9 de septiembre de 2011
Otoños
Ha llegado mi hermana desde Madrid para visitarnos durante el fin de semana y trae, con Gorka, entre las ropas, sobre la piel aún, los 36 grados de una ciudad con aires acondicionados y sombras que se buscan por la calle. Parece mentira oyéndolos y viéndolos que sea la misma época del año en que aquí Hyde Park se empieza a alfombrar de hojas secas de los plátanos azotados por el viento. El cielo plomizo augura la nueva lluvia de hoy mientras imagino con un poco de envidia el limpio azul de los cielos de septiembre en las tierras del Sur.
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