martes, 17 de mayo de 2011

Mañanas

El despertador de mi teléfono suena mucho antes de lo necesario para llegar al trabajo. Pero a finales de mayo a las cinco de la mañana la luz penetra por la ventana y atraviesa las cortinas cerradas con un ímpetu de mediodía, con la virulencia de patio infantil, y los mirlos, las urracas, las torcaces, están inmersos en frenética actividad. En casa, todos duermen. Duermen con una profundidad de noche oscura, de silencio interior.

Éste es el momento del día que prefiero. Si tengo suerte y James no ha despertado puedo fregar los platos de la cena de ayer, salir al jardín con la taza de café humeante, observar el crecimiento enloquecido del césped, su color cambiante, el del cielo tantas veces gris. Si tengo otra suerte, James, como ahora, está en mis brazos, dormitando o casi despierto, y yo escribo con una sola mano.

lunes, 16 de mayo de 2011

Enfermedades

Atravesar la noche tosiendo, durmiendo en el sofá para no despertar a nadie en casa, sudando o muerto de frío, y luego presentarse el lunes en la quietud de una casa en la que todos se han ido menos James, que se ha quedado conmigo mientras Emma ha ido a hacer una visita a su padre P., recién encontrado. Estar enfermo es algo así como mantenerse fuera de la realidad, quedarse en una suerte de útero caliente, o cueva, esperando a mejorar, a que descargue la tormenta interior de debilidades y luchas internas. Lo de fuera está lejos, como si no fuera con uno. Esa cotidianeidad que nos rodea se vuelve extraña de pronto, los libros, los discos, la música, el desorden de una casa con niños, los platos sucios. Como si nada de eso me perteneciera. Tan sólo la tristeza.

sábado, 14 de mayo de 2011

Noches

Hubo un tiempo en que me encantaba estar despierto por la noche, alargar la madrugada en conversaciones, alcohol y tabaco, sentirme invulnerable e incansable, un artista inédito. Ahora las noches se me van despierto meciendo a un James que no puede o no quiere dormir solo porque le duele algo o simplemente necesita el calor de un cuerpo, el calor de un padre o una madre en la negrura de la noche. En este silencio nocturno las noticias de la BBC se suceden y se repiten. Hoy el director del FMI ha sido detenido en Nueva York acusado de agredir sexualmente a una camarera. Es lo que siempre han hecho los ricos, los poderosos: tomar lo que creían les pertenecía. O sea: todo. Yo oigo la noticia desde una lejanía o una irrealidad onírica. Sólo ahora comprende uno lo importante que es el sueño para poder estar despierto, para poder leer, por ejemplo, o ir al trabajo en plenas condiciones humanas, no como un guiñapo, que es como me siento ahora. Un guiñapo enamorado, sin embargo.

Fantasmas

Durante toda su vida Emma estuvo preguntándose cómo sería su verdadero padre, un hombre del que su madre huyó para nunca más volver a verlo ni a hablar con él sino a través de los abogados que tramitaban un divorcio a través de llamadas telefónicas y documentos oficiales. Emma tenía entonces seis u ocho meses. Su madre se enamoró de un hombre con el que se volvió a casar, un hombre que se hallaba también huyendo, en su caso de una mujer y unos hijos a los que no volvió a ver tampoco jamás, y cuya única comunicación consistía en un ingreso mensual de dinero judicialmente obligatorio para la manutención de los menores de edad que ahora, también, tal vez, se estarán preguntando dónde fue a parar su padre, dónde vivirá, si se acordará de ellos. Emma es hija de la huida, del trato continuo con el fantasma de su padre biológico, con quien soñaba, a quien no podía ponerle rostro, de quien no tenía recuerdos. Pero también de los fantasmas de los otros hijos de su padre adoptivo, de los hermanastros que tenía en algún lugar, a quienes tal vez le hubiera gustado conocer.

Todas las horas nocturnas que estuvo buscando a su padre P., tecleando con obsesión el apellido que lleva tras su nombre en páginas webs en las que puedes encontrar a quien quieras si eres concienzudo, en google, en las guías telefónicas... sin resultado, y no se le ocurrió nunca que en lugar de buscar a su padre podría buscar a otras personas de su familia, por ejemplo a las hermanas de su padre, sus tías, ¿por qué no? Y utilizar las páginas del censo para los antepasados más lejanos. Todos los datos que la llevaron un día, hace poco más de una semana, a asegurarme que creía haber encontrado a una de las hermanas, curiosamente, a poco más de cinco minutos del colegio donde Emma imparte clase y a donde nuestro Alexander va cada día, llevado por ella o por mí, da igual. Aquella tarde se fue, dejándome con los niños en casa. Pero al parecer no había nadie en aquella dirección: dejó una nota con su número de teléfono y unas palabras: Hello, my name is Emma and I´m looking for my family. I would like to know if you have a brother named P., who maybe is my father. 


Después del fin de semana aquella mujer, que había vuelto de estar unos días en una caravana en Sussex, la llamó por teléfono: ella era la hermana de P., confirmó, P. vivía todavía, había tenido cáncer pero se había recuperado, podrían tener un encuentro el martes a las siete de la tarde. Los acontecimientos se sucedieron tan rápidamente que ahora a Emma le daba miedo acudir a ver la cara de aquel fantasma cuyo rostro había estado tratando de imaginar durante cuarenta años. Tanto tiempo viviendo con un fantasma, hablando con él, reprochándole tantas cosas, sobre todo su silencio, y ahora que lo iba a tener delante el miedo la ataba a la casa, y no quería salir. Pero fue, se atrevió a acudir a aquella cita a donde llevó flores y de donde volvió, tres horas después, llorando y feliz, liberada de una ausencia que pesaba durante años como la losa de una sepultura de pronto profanada.

jueves, 5 de mayo de 2011

Ciudades

Ahora que lo pienso, mi relación con las grandes ciudades siempre ha sido distante, y he preferido verlas desde la tranquilidad o la seguridad que da la cercanía de lo rural, la vista de los trigales, de los campos recién arados en invierno. En Madrid me quedé a vivir en Leganés, que aunque no tenga mucho de rural, sí que se veía, si uno ponía atención a esas cosas, las llanuras de trigo que algún agricultor continuaba cultivando a pesar de la presión de la ciudad, que avanzaba con la determinación o la extraña fe de los carros de combate. En Londres vivimos a las afueras, en Orpington, un pueblecito rural aún, la verdad, pues a dos minutos podemos perdernos entre campos de cultivo, granjas ecológicas y riachuelos que corren y serpentean por vallecillos donde pastan unos terneros cuya vida, aunque corta, puede resultar envidiable. Uno llega a la gran ciudad diariamente, tras un corto viaje en tren, mientras lee un libro o el periódico del día. Los trenes, que son muy cómodos en Reino Unido, y tienen servicios cada cuatro vagones, dan la impresión de viaje largo, de cierta aventura diaria. Ya después, cuando el tren llega a la estación de Victoria y un mar de personas camina de pronto con prisa, introducida en el ritmo impetuoso y virulento de la gran ciudad, uno ya es urbano de nuevo. Recojo la bicicleta aparcada en el andén número ocho y me introduzco en el río de tráfico que me lleva desde Grosvernor Place a Hyde Park, para después, atravesando Bayswater Road y Notting Hill Gate, bajar por Portobello Road. Lo poco de rural que traía se me ha ido evaporando con el viento que me desordena el pelo, aunque Portobello tenga mucho de calle de pueblo, sobre todo a esas horas de la mañana.





Bicicletas

Me gusta mucho viajar en metro, poder sentarme camino del trabajo y sacar de la mochila el libro que esté leyendo, espiar los libros que leen los demás, encontrar las miradas que muy pronto se resbalan hacia otros cuerpos o rincones del vagón poblado de seres soñolientos, oyendo música violenta en los ipods, mirando con indiferencia o gratitud los titulares de un periódico, The Sun o The Guardian. Pero me gusta mucho más, aunque me pierda el rato de lectura compartida, atravesar Hyde Park en bicicleta desde Hyde Park Corner, internarme entre otros muchos ciclistas en el bosque de falsos plátanos que ahora, en esta fecha, forman un túnel bajo el que pedaleo, gozando de la caricia del viento que me alborota el pelo y refresca mi cara como un agua fría de invierno, reciente al despertar.

Hyde Park ha cambiado mucho en poco tiempo: hace dos meses todavía permanecía en el paisaje los estragos del invierno, los troncos desnudos de los árboles, un césped que se desperezaba pero no se atrevía a comenzar a crecer. En este poco tiempo Hyde Park se ha convertido en ese parque grandioso que es: cuando los árboles se visten de verde, cuando florecen, es cuando muestran su verdadera grandiosidad de seres de otros siglos. Día tras día, en estos meses, he ido viendo el despuntar tierno de los brotes, el florecer tímido de ciertos árboles cuyos nombres desconozco, la brutalidad de la irrupción de la hierba, que, como dijo el gran John Berger, uno casi puede ver crecer.

Hay cierta libertad de viajar en bicicleta, cierta autonomía y cierto encanto de velocidad a escala humana que no dan otros medios de transporte, y uno recuerda así que sigue siendo humano, limitado, que está a merced de los peligros y de la muerte, pero también recuerda, cómo no, que forma parte de un mundo todavía hermoso, poblado de pájaros que se cruzan con nosotros, mirlos cantando en una rama, zorzales que levantan el vuelo al vernos, una bandada de estorninos que decide, lleno de silvidos, detenerse en un jardín...