lunes, 11 de julio de 2011
Cantábrico
Dentro de unas horas estaremos en alta mar, mirando embobados la lámina de agua inmensa, esperando ver saltar a los delfines. Siempre que estamos en el barco que cruza el Cantábrico me acuerdo de mi amigo Herminio. Me acuerdo de todos aquellos niños que, como él, atravesaron este mar a veces violento huyendo de la violencia mayor del bombardeo de Bilbao. Por Herminio, el guapo señor de más de ochenta años al que le encanta tomar la palabra si hay público, supe por primera vez, hace cinco años, de la existencia del buque Habana, el que salió de Santurce el 21 de mayo de 1937. Muchos de aquellos niños que viajaron hacinados, temerosos, llorando, vomitando, como Herminio, no volverían a España sino muchos años después, cuando el castellano había ido disolviéndose en el olvido y el inglés se había convertido en una primera lengua materna adoptiva. Me acordaré de Herminio y de todos aquellos otros dentro de unas horas, cuando el ferry lentamente suelte las amarras y se aleje de Portsmouth para emprender un viaje inverso al de aquellos niños y niñas de 1937.
sábado, 18 de junio de 2011
Ojos azules
Dos hombres jóvenes están emboscados a la orilla del agua porque saben o han recibido información de que en aquel mismo lugar acostumbran bañarse alemanes de las SS en la veraniega Francia ocupada. Uno de aquellos hombres es Jorge Semprún, aunque tal vez no sea todavía un hombre tal y como lo consideramos ahora, un hombre "hecho y derecho". Para la hechura y la derechura tal vez le quedan unos minutos. Aparece, al otro lado del remanso, un alemán. Baja de su motocicleta, se mira en el espejo del agua, y antes de meterse en el agua, antes de refrescarse la cara y los brazos y los antebrazos, comienza a cantar una canción. La canción se titula La paloma, en alemán. Canta: Kommt eine weisse Taube...
El otro hombre se llama Julien, es joven también, y todavía no es un hombre. Le quedan unos minutos. Ambos, Julien y Jorge, recitan de memoria poemas de Baudelaire. Ahora no, ahora están quietos, oyendo la voz de aquel alemán que canta a la orilla de un río. Semprún tiembla, porque la melodía y la canción popular le recuerda su infancia, una infancia de criadas alemanas en Madrid. Su mano tiembla. La mano que sujeta la pistola automática tiembla, casi choca con una roca. Julien le mira con dureza.
Cuando el alemán de las SS se da la vuelta lo asesinan a balazos, empujado hacia adelante por los proyectiles que le empujan desde atrás con violencia. Disparan Jorge y Julien, los dos, uno al lado del otro, protegidos por el chozo improvisado y estudiado de antemano. Cada detalle al pormenor. Horas antes.
Tardó mucho Jorge Semprún en contarnos la verdad, fue en 1995, en el libro que tituló La escritura o la vida. Ya había escrito sus relatos del infierno el italiano Primo Levi, y tuvo que leerlos. Tarde, pero nunca es tarde cuando la dicha es buena, escribió lo que fue su legado más importante, la memoria de su recorrido por el campo de Buchenwald.
Ahora se ha muerto, pero yo le hago el homenaje que no pude hacerle hace veinte años, cuando debí comprar el libro y leerlo. Lo hago ahora, sin poder entender muy bien cómo alguien puede recitar a Baudelaire, por poner un ejemplo, y también disparar a la espalda de una persona que cae fulminada, empujada hacia adelante por el impulso de los proyectiles. Y mirar luego sus ojos, los ojos del muerto, y comprobar que son azules.
El otro hombre se llama Julien, es joven también, y todavía no es un hombre. Le quedan unos minutos. Ambos, Julien y Jorge, recitan de memoria poemas de Baudelaire. Ahora no, ahora están quietos, oyendo la voz de aquel alemán que canta a la orilla de un río. Semprún tiembla, porque la melodía y la canción popular le recuerda su infancia, una infancia de criadas alemanas en Madrid. Su mano tiembla. La mano que sujeta la pistola automática tiembla, casi choca con una roca. Julien le mira con dureza.
Cuando el alemán de las SS se da la vuelta lo asesinan a balazos, empujado hacia adelante por los proyectiles que le empujan desde atrás con violencia. Disparan Jorge y Julien, los dos, uno al lado del otro, protegidos por el chozo improvisado y estudiado de antemano. Cada detalle al pormenor. Horas antes.
Tardó mucho Jorge Semprún en contarnos la verdad, fue en 1995, en el libro que tituló La escritura o la vida. Ya había escrito sus relatos del infierno el italiano Primo Levi, y tuvo que leerlos. Tarde, pero nunca es tarde cuando la dicha es buena, escribió lo que fue su legado más importante, la memoria de su recorrido por el campo de Buchenwald.
Ahora se ha muerto, pero yo le hago el homenaje que no pude hacerle hace veinte años, cuando debí comprar el libro y leerlo. Lo hago ahora, sin poder entender muy bien cómo alguien puede recitar a Baudelaire, por poner un ejemplo, y también disparar a la espalda de una persona que cae fulminada, empujada hacia adelante por el impulso de los proyectiles. Y mirar luego sus ojos, los ojos del muerto, y comprobar que son azules.
miércoles, 15 de junio de 2011
Rumbos
A veces apetece coger otro rumbo, dejar la calle que me lleva como cada día a Notting Hill Gate y girar hacia la derecha y descender por el barrio de Bayswater, que es un barrio que por la mañana parece estar de resaca, sea el día que sea. Entre la suciedad que todavía queda de la noche anterior y los comercios que comienzan a abrir y los automóviles que transcurren despacio me gusta vagabundear con la bicicleta por las calles que no conozco, descender lentamente hacia Westbourne Park, mirando las fachadas de las casas y las mansiones blancas. Solo a veces apetece coger otro rumbo, ver otros paisajes que con la fuerza de la costumbre uno deja de mirar para concentrarse solo en la rueda delantera, en los baches de la carretera, en el corazón que retumba en los oídos y en el sudor que empapa mi espalda.
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