martes, 24 de enero de 2012
Mentiras
A veces es necesario mentir. Cuando un alumno se nos pone enfermo llamamos a la familia y la madre o el padre deja el trabajo y viene a recoger al niño, y solo trae en la cara el aire preocupado del padre al que le duele el malestar de su hijo, no trae en la cara el aire de haber mentido al jefe, de haber inventado unas almorranas o un dolor de estómago o una fiebre poco creíble con ojos transparentes, no vidriosos. Nosotros, sin embargo, lo maestros que llamamos a esas familias, tenemos que inventar razones personales para ir a recoger a nuestros hijos enfermos, o quedarnos en casa con ellos mientras vomitan o deliran de fiebre, porque no tenemos reconocido en ningún convenio de padres o de madres ni de nada que uno, cuando es padre o es madre, la enfermedad tiene unos límites que van más allá del cuerpo que uno es. Curioso.
viernes, 20 de enero de 2012
La admiración no la envidia
Desde el barrio del Santuario hacia el centro de Córdoba el adolescente que fui tenía que pasar por el barrio de la Fuensanta para ir al centro. La calle que está entre lo que fue la Lonja o mercado de abastos y los edificios de color pastel con minúsculos jardines, las tardes de los sábados, cuando íbamos buscando la jarana de la cerveza tomada en la calle y a perder el tiempo tratando de memorizar las horribles canciones del rock duro que entonces nos gustaban tanto, pasábamos junto a un muchacho de nuestra edad que tocaba la guitarra sentado en el frescor del césped. Estaba siempre solo, o lo recuerdo siempre solo, tímido. Nos miraba pasar y seguía tocando, muy suave, melodías flamencas. Con el tiempo se convirtió en Vicente Amigo.
Así que pasan los años uno se arrepiente del tiempo perdido inútilmente mientras otros, como Vicente, no hacían otra cosa que trabajar duro para dar lo mejor de sí mismos. Ahora lo veo acompañando a Camarón en un video colgado en youtube, jovencísimo, y no tanto me enternece como me produce una profunda admiración verlo, que no envidia.
Así que pasan los años uno se arrepiente del tiempo perdido inútilmente mientras otros, como Vicente, no hacían otra cosa que trabajar duro para dar lo mejor de sí mismos. Ahora lo veo acompañando a Camarón en un video colgado en youtube, jovencísimo, y no tanto me enternece como me produce una profunda admiración verlo, que no envidia.
viernes, 13 de enero de 2012
Educación
La profesora de Alexander obliga a sus alumnos a leer un libro al día, independientemente de lo gordo que sea: tienen que leerlo, escribir en el libro de registro personal el título del libro leído, y devolverlo a la mañana siguiente para evadir que te ponga un punto negro junto a tu nombre: un punto negro junto a tu nombre implica quedarte castigado durante la hora de comer o durante el recreo en clase, sin jugar: aunque parece ser que esto ha cambiado, que ahora los puntos negros no significan exactamente eso, nos ha contado Alexander que ahora los puntos negros significan puntos negros y ya está, sin más implicación en los castigos, aunque yo lo dudo: los puntos negros han de servir para algo, si no para qué ponerlos y para qué tratar de evadirlos con esa obsesividad con que lo hace Alexander, que estaba el pobre viendo el musical The Lion King, magnífico, sobresaliente, y despertó de su magnetismo hablando de libros que tenía que leer y de puntos negros y de que había olvidado la cartera en el colegio y que mañana qué iba a hacer cuando la profesora le preguntara por el libro que había leído: otro de los castigos de la profesora consiste en no participar en el golden time de la tarde los viernes, consistente en preparar una masa con harina, azúcar, leche o agua, depende de la receta, si son galletas o son pasteles, hacer la forma y luego merendar: los que no tienen golden time están haciendo la tarea o están escribiendo frases sobre el papel, frases idénticas y repetitivas, y miran de reojo a los compañeros que esa semana han tenido suerte, los ven hacer la masa, los ven hacer las formas de sus dulces, los ven llevarlos sobre las bandejas al horno del colegio, los ven volver con ellos dorados y calientes, los ven comérselos y notarán en sus bocas la venida acuosa de la saliva como un perrillo de Paulov: y yo, que soy también maestro, me avergüenzo de muchos de mis colegas, aunque a esta, a la señorita Pray, quisiera denunciarla. Pero no puedo.
domingo, 8 de enero de 2012
6 de enero
Me he acordado hoy como siempre me acuerdo el 6 de enero de Juan Ortega en su casa de Bujalance, ese pueblo rodeado de olivos centenarios en la campiña cordobesa. La última vez que lo vimos fue hace muchos años, en su casa. Los visitamos para que viera a nuestro hijo Alexander, que entonces era un bebé aún, como lo es James ahora. En un rapto de generosidad que tenía mucho Juan se levantó y nos trajo como regalo unos cuencos de cerámica de La Rambla que todavía guardamos. Alexander acaba de tomar sus cereales en uno de ellos.
Me acuerdo de Juan Ortega porque muchas noches de Reyes las pasamos en su casa, hasta tarde, hasta que era hora de volver a Córdoba en los coches, mirando con atención las luces de la carretera por ver si nos sorprendían los Civiles en algún control y entonces nos multaran por conducir borrachos, aunque no lo estábamos del todo, sólo un poco. Siempre Juan se acordaba de decir unas palabras antes de que terminara la noche, con un whisky o un ron sin hielo en la mano, un cigarrillo en la otra, conmemorando el asesinato traicionero de Los Jubiles. Los guerrilleros bujalanceños.
Se había construido su propia casa en el pueblo. Una casa preciosa y árabe con un patio lleno de plantas y una fuente. Pasó el tiempo y dejamos de vernos, o él decidió que había terminado el tiempo de vernos, y ya las noches de los 5 de enero ya no las pasábamos en Bujalance, ni bebiendo ron sin hielo, ni invocando a un grupo de guerrilleros que mi abuela, en un pueblo de la Sierra, a varios kilómetros de allí, temía de joven. Los Jubiles. Un día nos enteramos que Juan había engordado considerablemente, que después de cada jornada laboral bebía gin tonics en el bar, uno detrás de otro. Un día nos enteramos de que Juan Ortega se había despertado durante la noche y había ido a orinar el alcohol o los restos de alcohol ingerido y que se desplomó en la oscuridad y se murió de pronto. De manera que cada vez que llega el día de Reyes, o cada vez que saco ese cuenco ramblesco, me acuerdo de él.
Me acuerdo de Juan Ortega porque muchas noches de Reyes las pasamos en su casa, hasta tarde, hasta que era hora de volver a Córdoba en los coches, mirando con atención las luces de la carretera por ver si nos sorprendían los Civiles en algún control y entonces nos multaran por conducir borrachos, aunque no lo estábamos del todo, sólo un poco. Siempre Juan se acordaba de decir unas palabras antes de que terminara la noche, con un whisky o un ron sin hielo en la mano, un cigarrillo en la otra, conmemorando el asesinato traicionero de Los Jubiles. Los guerrilleros bujalanceños.
Se había construido su propia casa en el pueblo. Una casa preciosa y árabe con un patio lleno de plantas y una fuente. Pasó el tiempo y dejamos de vernos, o él decidió que había terminado el tiempo de vernos, y ya las noches de los 5 de enero ya no las pasábamos en Bujalance, ni bebiendo ron sin hielo, ni invocando a un grupo de guerrilleros que mi abuela, en un pueblo de la Sierra, a varios kilómetros de allí, temía de joven. Los Jubiles. Un día nos enteramos que Juan había engordado considerablemente, que después de cada jornada laboral bebía gin tonics en el bar, uno detrás de otro. Un día nos enteramos de que Juan Ortega se había despertado durante la noche y había ido a orinar el alcohol o los restos de alcohol ingerido y que se desplomó en la oscuridad y se murió de pronto. De manera que cada vez que llega el día de Reyes, o cada vez que saco ese cuenco ramblesco, me acuerdo de él.
miércoles, 4 de enero de 2012
Londres
He leído que esta noche Iñaki Urdangarín la ha pasado en Londres esperando un vuelo que lo lleve a España. Parece ser que va a visitar a un padre muy enfermo. Según la noticia, su padre ha empeorado en los últimos días. No me extraña, si uno es padre y tiene que empezar a imaginar a su hijo en una senda oscura que va desde el palacio de Marivent a la cárcel Modelo.
Esta noche ha hecho mucho viento. Un viento del Norte ha estado azotando los árboles de la calle y ha estado molestando el sueño del pequeño James y tal vez del altísimo Iñaki, a quien, en el ulular nocturno, he imaginado tomando un whisky sin hielo y mirando pensativo a través de la ventana de una hipotética habitación del Hilton, en el aeropuerto de Gatwick. Quién sabe. Lo cierto es que el viento continúa castigando a cien kilómetros por hora. Han cerrado puentes, aunque todavía no las calles. Tengo que despertar a Alexander, que ayer empezó el colegio. Aquí los Reyes Magos eran simplemente tres hombres sabios, y no traen nada a los niños. Ni siquiera es fiesta. Pero nosotros pondremos los zapatos, a ver si cae algo, no un contrato millonario sin concurso, algo más complejo, como un libro, por ejemplo.
Esta noche ha hecho mucho viento. Un viento del Norte ha estado azotando los árboles de la calle y ha estado molestando el sueño del pequeño James y tal vez del altísimo Iñaki, a quien, en el ulular nocturno, he imaginado tomando un whisky sin hielo y mirando pensativo a través de la ventana de una hipotética habitación del Hilton, en el aeropuerto de Gatwick. Quién sabe. Lo cierto es que el viento continúa castigando a cien kilómetros por hora. Han cerrado puentes, aunque todavía no las calles. Tengo que despertar a Alexander, que ayer empezó el colegio. Aquí los Reyes Magos eran simplemente tres hombres sabios, y no traen nada a los niños. Ni siquiera es fiesta. Pero nosotros pondremos los zapatos, a ver si cae algo, no un contrato millonario sin concurso, algo más complejo, como un libro, por ejemplo.
domingo, 25 de diciembre de 2011
El día de navidad
Igual que el de año nuevo, el día de navidad lo he pasado muchas veces tratando de leer un libro de principio a fin. Encerrado en mi habitación. Que es lo que debería hacer uno de vez en cuando, encerrarse en su cuarto y decir no me llamen por favor, me dejen en paz. Give me a life. A break. Piss off. A tomar por culo.
Pero no, uno es padre, cabeza de familia. Eso de cabeza de familia siempre me ha hecho reír. ¿Es el que tiene la cabeza más grande? Entonces gano yo. Sin duda. 60 de circunferencia.
Es que uno no puede terminar los libros que empieza. Es que a uno le agobia el máster. Es que uno no puede más. Pues eso. Posiblemente el año que viene no volvemos a España y, como me aconsejaba el poeta en sus comentarios, nos quedamos en este país de locos. Por mí bien, porque sólo debería de cuidar al James. Pero después de un año, de dos, qué. Cuando se nos fueran los ahorros, qué. Cómo lleva uno/una la separación durante tiempo largo.
Que sea lo que Dios quiera, que decía mi abuela, por eso de que las decisiones que uno hace, en el fondo, no las hace uno realmente, sino un ser superior.
Feliz navidad.
Pero no, uno es padre, cabeza de familia. Eso de cabeza de familia siempre me ha hecho reír. ¿Es el que tiene la cabeza más grande? Entonces gano yo. Sin duda. 60 de circunferencia.
Es que uno no puede terminar los libros que empieza. Es que a uno le agobia el máster. Es que uno no puede más. Pues eso. Posiblemente el año que viene no volvemos a España y, como me aconsejaba el poeta en sus comentarios, nos quedamos en este país de locos. Por mí bien, porque sólo debería de cuidar al James. Pero después de un año, de dos, qué. Cuando se nos fueran los ahorros, qué. Cómo lleva uno/una la separación durante tiempo largo.
Que sea lo que Dios quiera, que decía mi abuela, por eso de que las decisiones que uno hace, en el fondo, no las hace uno realmente, sino un ser superior.
Feliz navidad.
sábado, 24 de diciembre de 2011
Noche silenciosa
Cuando yo tenía 9 años aprendí a tocar con la flauta dulce Noche de paz, y es una de esas melodías que siempre me ha gustado escuchar en sus distintas versiones del jazz o del soul que realzan la majestuosidad de una canción simple de toda la vida, con sus estrofas y su estribillo.
Noche de paz se refería a nochebuena, la noche en que nació un niño pobre que era un rey (creo que es lo que dicen los gitanos a sus hijos, y a mí mi abuela me llamaba Rey). Pero las nochebuenas que me tocaba vivir a mí estaban tocadas siempre del ruido de tambores de la pelea de mi padre con mi abuela. La pacífica noche se tornaba siempre en una batalla ya esperable en la que nunca conocíamos el ganador y, según la cantidad de vino ingerido por mi padre, acababa en lágrimas o no.
Mi padre era comunista entonces. Todavía lo es, pero ser comunista entonces era distinto de serlo ahora. Ser comunista en los años ochenta, por ejemplo, era avergonzarse del arbolito de navidad que ya nunca más se puso, del nacimiento que uno tenía que ir a ver a casa de la abuela, porque en la propia estaba vedado. O peor, en la iglesia de San Rafael, a donde mi abuela me llevaba casi de contrabando, a lo que, por otra parte, estaba acostumbrada: al contrabando de garbanzos y de aceite de oliva.
Nosotros no tenemos más apego a Cataluña que nuestro amor a la ciudad de Barcelona y Alexander y yo al equipo de fútbol que, dicen, y nos gusta mucho, es el mejor del mundo. Pero entre unas gentes y otras que han pasado por nuestra vida se nos ha quedado el gusto de tener entre nosotros, por navidad, el tronc de nadal. Otros le llaman Caga tió. Es lo mismo, y aunque tenga ocho años casi, a Alexander lo tiene apasionado.
Feliz navidad, Alexander. Que tu infancia se alargue muchos años.
Noche de paz se refería a nochebuena, la noche en que nació un niño pobre que era un rey (creo que es lo que dicen los gitanos a sus hijos, y a mí mi abuela me llamaba Rey). Pero las nochebuenas que me tocaba vivir a mí estaban tocadas siempre del ruido de tambores de la pelea de mi padre con mi abuela. La pacífica noche se tornaba siempre en una batalla ya esperable en la que nunca conocíamos el ganador y, según la cantidad de vino ingerido por mi padre, acababa en lágrimas o no.
Mi padre era comunista entonces. Todavía lo es, pero ser comunista entonces era distinto de serlo ahora. Ser comunista en los años ochenta, por ejemplo, era avergonzarse del arbolito de navidad que ya nunca más se puso, del nacimiento que uno tenía que ir a ver a casa de la abuela, porque en la propia estaba vedado. O peor, en la iglesia de San Rafael, a donde mi abuela me llevaba casi de contrabando, a lo que, por otra parte, estaba acostumbrada: al contrabando de garbanzos y de aceite de oliva.
Nosotros no tenemos más apego a Cataluña que nuestro amor a la ciudad de Barcelona y Alexander y yo al equipo de fútbol que, dicen, y nos gusta mucho, es el mejor del mundo. Pero entre unas gentes y otras que han pasado por nuestra vida se nos ha quedado el gusto de tener entre nosotros, por navidad, el tronc de nadal. Otros le llaman Caga tió. Es lo mismo, y aunque tenga ocho años casi, a Alexander lo tiene apasionado.
Feliz navidad, Alexander. Que tu infancia se alargue muchos años.
sábado, 17 de diciembre de 2011
Soledades
Estuve tanto tiempo viviendo solo entre mis veinticuatro y mis treinta, tan celoso de mi soledad poblada, como la llamaba mi psicoanalista de entonces, porque de ella llegaba a mis sesiones hablando mucho de mis lecturas, que eran, aparte de mis alumnos y mis compañeros de trabajo, las relaciones con los demás que yo tenía, que se me ha olvidado que me gustaba tanto el silencio de la casa. Como estar en un espacio usurpado a otro, a otros, que lo merecieran más. Por entonces era un lujo ocupar una vivienda en soledad, más ahora, con la crisis y el paro y la deuda de los países y el gobierno financiero dictando al mundo (Europa) la política social que autárquicamente hay que seguir. Entonces lo era menos. Pero era raro, en definitiva. Uno era raro por vivir solo. Por no elegir al menos vivir con un compañero de piso, por eso de compartir gastos.
Se ha ido Emma y se ha llevado los niños unos días a Somerset y se me ha quedado la casa vacía y las lágrimas al borde de los ojos y me han asaltado los mismos pensamientos funestos de accidentes en la carretera que no dejaban dormir a mi abuela cada vez que "venían los madrileños", que era, a decir de ella o de mi padre, de higos a brevas. Cada vez que venían los madrileños ella, mi abuela, pasaba la noche en vela, dando vueltas al rosario. San Rafael Bendito, Patrón de los caminantes, guíalos por esos caminos de Dios para que lleguen sanos y salvos. Tengo metidas esas palabras en mi memoria carnal como una marca de fuego y hierro de res de pueblo llano.
Como no podía conmigo mismo en la casa cuando se fueron en el coche y se me quedó la cara de tonto oyendo el ruido del motor alejándose en la puerta de la casa me he ido rápidamente a Bromley a hacer la últimas compras de Navidad, y al salir me he echado al bolsillo el librillo editado por Destino El santo de mayo, de José Jiménez Lozano. Como esta semana el Máster me ha dado un respiro y no tenía más artículos que leer de Perrenoud ni de Pérez Gómez, una mañana antes de salir pitando, como todas las mañanas de mi vida, por no perder el tren que me lleva a Victoria Station, miré de refilón los libros del salón y metí en la mochila ese que tantas veces había empezado y había acabado aburriéndome a las pocas páginas. ¿Cuándo compraría yo ese libro? Sin duda alguna en la época en que vivía solo, en que ganaba dinero y lo gastaba a tontas y a locas comprando libros que sabía no iba a leer, porque había muchos más esperándome. Y he aquí que esta semana, sin saber por qué razón, las historias van entrando en mí como si hubieran sido escritas exactamente para mí y justamente para mí ahora, esos cuentos mínimos que abren el mundo a unos sentires que seguramente no he estado preparado para vivir (sí, vivir, pues leer es también vivir) sino es ahora, en este mismo instante de mi vida en que me he quedado solo y la casa se me llena de voces lejanas, las que ahora suenan en casa de mis suegros. A la pregunta de cómo no he podido leer este libro antes le sigue el agradecimiento al loco que fui hace tiempo, el loco que compraba libros sin ton ni son, sabiendo que no iba a poder leerlos todos. Gracias, me digo a mí mismo, por gastarte un dinero que ahora no tiene precio, Rafael. Gracias por haber traído este libro a Londres y no haberlo guardado en una caja, como tantos otros.
Se ha ido Emma y se ha llevado los niños unos días a Somerset y se me ha quedado la casa vacía y las lágrimas al borde de los ojos y me han asaltado los mismos pensamientos funestos de accidentes en la carretera que no dejaban dormir a mi abuela cada vez que "venían los madrileños", que era, a decir de ella o de mi padre, de higos a brevas. Cada vez que venían los madrileños ella, mi abuela, pasaba la noche en vela, dando vueltas al rosario. San Rafael Bendito, Patrón de los caminantes, guíalos por esos caminos de Dios para que lleguen sanos y salvos. Tengo metidas esas palabras en mi memoria carnal como una marca de fuego y hierro de res de pueblo llano.
Como no podía conmigo mismo en la casa cuando se fueron en el coche y se me quedó la cara de tonto oyendo el ruido del motor alejándose en la puerta de la casa me he ido rápidamente a Bromley a hacer la últimas compras de Navidad, y al salir me he echado al bolsillo el librillo editado por Destino El santo de mayo, de José Jiménez Lozano. Como esta semana el Máster me ha dado un respiro y no tenía más artículos que leer de Perrenoud ni de Pérez Gómez, una mañana antes de salir pitando, como todas las mañanas de mi vida, por no perder el tren que me lleva a Victoria Station, miré de refilón los libros del salón y metí en la mochila ese que tantas veces había empezado y había acabado aburriéndome a las pocas páginas. ¿Cuándo compraría yo ese libro? Sin duda alguna en la época en que vivía solo, en que ganaba dinero y lo gastaba a tontas y a locas comprando libros que sabía no iba a leer, porque había muchos más esperándome. Y he aquí que esta semana, sin saber por qué razón, las historias van entrando en mí como si hubieran sido escritas exactamente para mí y justamente para mí ahora, esos cuentos mínimos que abren el mundo a unos sentires que seguramente no he estado preparado para vivir (sí, vivir, pues leer es también vivir) sino es ahora, en este mismo instante de mi vida en que me he quedado solo y la casa se me llena de voces lejanas, las que ahora suenan en casa de mis suegros. A la pregunta de cómo no he podido leer este libro antes le sigue el agradecimiento al loco que fui hace tiempo, el loco que compraba libros sin ton ni son, sabiendo que no iba a poder leerlos todos. Gracias, me digo a mí mismo, por gastarte un dinero que ahora no tiene precio, Rafael. Gracias por haber traído este libro a Londres y no haberlo guardado en una caja, como tantos otros.
lunes, 12 de diciembre de 2011
La noche eterna
Hace cinco años solía resumir la experiencia invernal en Inglaterra diciendo que durante la semana yo no veía el jardín de casa, porque salía de noche y llegaba de noche. Es lo que ocurre ahora. Los sábados por la mañana se hace de día con una lentitud antártica y entonces puedo descubrir los estragos que el invierno va haciendo con el manzano y con las plantas del jardín, y el desastre que la gata va realizando metódicamente en las zonas de tierra.
Alexander tiene una selección de poemas, editada por la BBC (The Nation´s Favourite Children´s Poems), en el cuarto de baño que yo también leo a hurtadillas. Uno de ellos de de Robert Louis Stevenson, es un poema que me gusta mucho y que en estos días de invierno viene muy bien como contraposición. Parece un poema escrito por un niño, y eso lo hace más profundo si cabe. Se titula Bed in Summer:
Alexander tiene una selección de poemas, editada por la BBC (The Nation´s Favourite Children´s Poems), en el cuarto de baño que yo también leo a hurtadillas. Uno de ellos de de Robert Louis Stevenson, es un poema que me gusta mucho y que en estos días de invierno viene muy bien como contraposición. Parece un poema escrito por un niño, y eso lo hace más profundo si cabe. Se titula Bed in Summer:
In winter I get up at night
And dress by yellow candle-light.
In summer, quite the other way,
I have to go to bed by day.
I have to go to bed and see
The birds still hopping on the tree,
Or hear the grown-up people's feet
Still going past me in the street.
And does it not seem hard to you,
When all the sky is clear and blue,
And I should like so much to play,
To have to go to bed by day?
jueves, 8 de diciembre de 2011
Cumpleaños
Hoy cumple James un año. Anoche, andando hacia casa con Alexander de la mano, pensé que tanto James como él habían crecido mucho. No hablo de crecimiento corporal, que también. Pensé que yo también había crecido mucho, que de algún modo la presencia de James en la familia nos ha hecho cambiar a todos para bien. Hemos cambiado mucho.
Hace un año Emma llevaba más de doce horas de parto. Y así siguió durante todo el día hasta que a la noche tuvimos que ir al hospital en ambulancia. Le hicieron una cesárea a mi lado. Yo cogía su mano y se me caían las lágrimas de miedo y de preocupación, y un rato después, una enfermera sacó a James como si sacara un pez del agua y lo envolvió en una sábana y lo pesó y me lo entregó y entonces yo lo miré con mis ojos de no haber dormido durante mucho tiempo y me pareció imposible que estuviera vivo y que tuviera todos sus dedos y que fuera tan guapo como su hermano cuando nació, seis años atrás.
Tal vez por el recuerdo inconsciente de aquella larga experiencia de nacimiento (todo son conjeturas) lleva dos días muy enfermo, con fiebre alta y una infección en el pecho que no lo deja respirar. Hoy es su cumpleaños. Como dicen aquí: bless him.
Hace un año Emma llevaba más de doce horas de parto. Y así siguió durante todo el día hasta que a la noche tuvimos que ir al hospital en ambulancia. Le hicieron una cesárea a mi lado. Yo cogía su mano y se me caían las lágrimas de miedo y de preocupación, y un rato después, una enfermera sacó a James como si sacara un pez del agua y lo envolvió en una sábana y lo pesó y me lo entregó y entonces yo lo miré con mis ojos de no haber dormido durante mucho tiempo y me pareció imposible que estuviera vivo y que tuviera todos sus dedos y que fuera tan guapo como su hermano cuando nació, seis años atrás.
Tal vez por el recuerdo inconsciente de aquella larga experiencia de nacimiento (todo son conjeturas) lleva dos días muy enfermo, con fiebre alta y una infección en el pecho que no lo deja respirar. Hoy es su cumpleaños. Como dicen aquí: bless him.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Como cada mañana
La calle de Gloucester Terrace está flanqueada de edificios blancos de donde salen hombres con traje y se suben a un taxi que está esperándolos en doble fila. No sé cómo será vivir en una de esas casas victorianas de tres plantas y techos altos y grandes cuadros o espejos colgando de las paredes. En Bishop´s Bridge Road veo cada mañana a mi izquierda los edificios-colmena donde viven las personas normales. Al otro lado de la carretera están las casas de los ricos. A la noche, supongo, unos se mirarán a los otros a través de las ventanas iluminadas, con envidia o con curiosidad o con cierto asco, depende desde dónde se tenga el punto de vista, la mirada tras el vidrio empañado que una mano limpia con un ademán automático. En Westbourne Road las tiendas todavía no están abiertas. De los escasos álamos desnudos cuelgan frutos imposibles encendidos de azul que anuncian unas fiestas navideñas de estilo pobre, a medida de la crisis. Algún barrendero cansado recoge papeles y bolsas de plástico de la sucia acera mojada. Amanece lentamente en la ciudad mientras la recorro, la hago mía, un poco, en bicicleta.
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