Tenía yo muchas dudas con la casa, era la última que vi y no sabía si me confundía un poco la familiaridad que iban a tener mis hijos con la casa antigua, añadido el regalo de una puerta al final del jardín que da a un jardín aún mayor que da camino sobre el césped a las piscinas y a las canchas de tenis que Alexander está empezando a utilizar. Collado Mediano es un pueblo apartado del fragor calenturiento de Madrid y a un pie de Collado Villalba, que guarda el sopor mercurino de Madrid en los agostos acosados por las olas de calor. A James le encanta abrir el grifo de la manguera y la gata Candle ya tiene su gatera en el cristal. Ya hemos conocido al veterinario y a un americano maravilloso que se llama Eduardo y se dedica a cuidar perros y gatos cuando los dueños están fuera. El domingo, una vez que la mayor parte de las cajas están vacías, nos iremos a pasar cinco días a Cádiz. Para reconciliarnos con España, a la que llego, por cierto, con ese síndrome extraño que se llama choque cultural. La Playa de los Alemanes, en Zahara de los Atunes, hará una labor, espero, de sosegamiento que no podemos tener ahora, porque cada vez que nos despertamos, al abrir los ojos, nos encontramos con tantas cosas que hacer.
Paul Davey, mi suegro biológico, murió la última noche que dormíamos en nuestra casa de Londres. Lógicas poéticas de la vida, supongo. Al final de su vida lo quisimos tanto que no tenemos más remedio que pensar que también fue bueno, que no solo fue malo. Que fue un ser humano. Con sus luces y sus sombras. Como todos. Buen viaje, south londoner.
viernes, 17 de agosto de 2012
sábado, 28 de julio de 2012
La despedida
Hoy es domingo, son las seis de la mañana, me he despertado hace un rato para terminar de realizar la evaluación de uno de los módulos del máster. Afuera, aunque es de día, está todo silencioso y quieto como cuando es de noche y es invierno. Se me ocurre que ahora, cuando termine de escribir y comience a tender la ropa lavada, lo haré por penúltima vez.
Ahora, muchas cosas de las que hago las hago por última vez. Alexander va hoy a su última clase de golf con Steve, ese profesor-niño magnífico y gordo que un día, hace mucho tiempo, fue profesional. El martes llega el camión de la mudanza y todo se irá yendo poco a poco hasta quedarnos con las paredes vacías y supongo con nuestras voces resonando tristemente en los huecos que deja la ausencia de nuestras pertenencias.
La excitación de la nueva vida que nos espera, que emprendemos, no puede borrar la amargura del abuelo Paul Davey, que se está muriendo cada día en su habitación de St Christopher Hospice, al lado del precioso jardín victoriano de Crystal Palace.
Es posible que esta sea la última entrada que hago desde esta casa en la que hemos sido también felices un poco, que ha visto llegar al pequeño James cuando era tan solo una cosita minúscula a la que Alexander miraba con mucha aprensión.
Adiós.
Ahora, muchas cosas de las que hago las hago por última vez. Alexander va hoy a su última clase de golf con Steve, ese profesor-niño magnífico y gordo que un día, hace mucho tiempo, fue profesional. El martes llega el camión de la mudanza y todo se irá yendo poco a poco hasta quedarnos con las paredes vacías y supongo con nuestras voces resonando tristemente en los huecos que deja la ausencia de nuestras pertenencias.
La excitación de la nueva vida que nos espera, que emprendemos, no puede borrar la amargura del abuelo Paul Davey, que se está muriendo cada día en su habitación de St Christopher Hospice, al lado del precioso jardín victoriano de Crystal Palace.
Es posible que esta sea la última entrada que hago desde esta casa en la que hemos sido también felices un poco, que ha visto llegar al pequeño James cuando era tan solo una cosita minúscula a la que Alexander miraba con mucha aprensión.
Adiós.
jueves, 19 de julio de 2012
La muerte
Hace un año Emma encontró a su padre biológico. Vivió toda su vida con el fantasma de su existencia. Cuando nos conocimos, hace ya... doce años, lo que me emocionó de ella fue su discurso. El discurso que hacía de su vida. Alguien dijo que la esencia de un cuerpo humano era su discurso. Yo diría que es el discurso que hace de su propia vida. Lo que uno cuenta de su vida y cómo lo cuenta es el cuerpo que uno tiene delante, y uno lo desea en función de la profundidad con que ese cuerpo es capaz de enfrentarse con sus fantasmas.
Muchas veces, a lo largo de nuestra vida en común, encontré a Emma buscando en internet a su padre. Y hace un año, cuando lo encontró, parecía que se había completado un círculo, pero era falso. La relación con su padre fue distante. Estaba sin estar, estaba como ausente. Una de las cosas que le dijo de Alexander fue que le encantaba pescar, y él le respondió que él era un gran pescador, que le encantaría pasar un día de pesca con la familia.
El día llegó, pero no pescamos nada. Paul se dedicó a observar, apenas quería lanzar la caña en busca de los lucios que nosotros ansiábamos. Cuando lo ví lanzar lo hacía con un cuidado y una inexperiencia a la que no di importancia, lo importante era que estábamos juntos, que a Alexander se le enganchaba el cebo en las ramas de los árboles y él iba cuidadoso y atento a desenganchar los anzuelos de las ramas.
Emma se enfadó con él. Yo también un poco. Era un hombre distante al que parecía no importarle el haber conocido a unos nietos que le llegaron de pronto con una hija a la que no esperaba ver nunca más desde el día en que su madre se la llevó a Jersey. Me dijo que no lo iba a llamar más, que estaba harta, y yo le dí la razón.
Cuando Emma, con ocho meses, salió de Croydon en brazos de su madre para no volver hasta cuarenta años después, Paul se encontró con otra mujer con la que tuvo otro hijo de nombre Mark. Su segunda mujer, con la que no se casó, era heroinómana. Mark, con veintiún años, hace veintiún años, murió de una sobredosis. Otros hablan de un suicidio. Da igual. La segunda vez que Emma se encuentra con Paul le pide ir a visitar la tumba de su hermano. Paul le dice que nunca ha vuelto desde el día del entierro. Y allí van, con mi hijo James, a visitar la tumba de un pobre niño que no tuvo infancia o que no tuvo madre y a quien nos hubiese gustado mucho conocer. Mark.
Hace cinco semanas alguien llamó para decir que Paul estaba ingresado en el hospital May Day. No se llama así, así se llama la calle donde está el hospital, en Croydon. Un hospital terrible, enorme, lleno de enfermos abandonados y de enfermeras a las que les da igual el estado de los pacientes. Fue transferido a otro hospital, el St. George´s Hospital, donde le han encontrado una metástasis de un antiguo cáncer de colon además de una infección de un virus sin cura denominado JC. En poco tiempo, Paul ha pasado de contestar a preguntas a repetir palabras. Las últimas palabras de una frase que uno le dice. Los médicos, después de una biopsia cerebral, han diagnosticado lo peor: una muerte segura en un plazo muy corto.
Con la enfermedad han llegado los amigos. Uno de ellos, el mejor de todos, que se llama Ginger o le dicen Ginger, vaya usted a saber, le contó a Emma que un día le llamó Paul muy nervioso y le dijo: "Ginger, me tienes que contar todo lo que sepas sobre pesca, tengo que llevar a mi nieto a pescar y no tengo ni puta idea". Y así vamos teniendo la otra imagen de un hombre silencioso y distante que tal vez, porque había perdido un hijo, porque en su juventud había perdido una hija y no se atrevió a reclamarla, por tantas cosas, se sentía avergonzado. De lo que nos vamos enterando, ya sin remedio, es de que sus amigos lo quieren mucho, y que a sus amigos les contó muchas veces su historia. Una pena que nos enteremos de esto ahora, cuando su viaje no tiene retorno.
Muchas veces, a lo largo de nuestra vida en común, encontré a Emma buscando en internet a su padre. Y hace un año, cuando lo encontró, parecía que se había completado un círculo, pero era falso. La relación con su padre fue distante. Estaba sin estar, estaba como ausente. Una de las cosas que le dijo de Alexander fue que le encantaba pescar, y él le respondió que él era un gran pescador, que le encantaría pasar un día de pesca con la familia.
El día llegó, pero no pescamos nada. Paul se dedicó a observar, apenas quería lanzar la caña en busca de los lucios que nosotros ansiábamos. Cuando lo ví lanzar lo hacía con un cuidado y una inexperiencia a la que no di importancia, lo importante era que estábamos juntos, que a Alexander se le enganchaba el cebo en las ramas de los árboles y él iba cuidadoso y atento a desenganchar los anzuelos de las ramas.
Emma se enfadó con él. Yo también un poco. Era un hombre distante al que parecía no importarle el haber conocido a unos nietos que le llegaron de pronto con una hija a la que no esperaba ver nunca más desde el día en que su madre se la llevó a Jersey. Me dijo que no lo iba a llamar más, que estaba harta, y yo le dí la razón.
Cuando Emma, con ocho meses, salió de Croydon en brazos de su madre para no volver hasta cuarenta años después, Paul se encontró con otra mujer con la que tuvo otro hijo de nombre Mark. Su segunda mujer, con la que no se casó, era heroinómana. Mark, con veintiún años, hace veintiún años, murió de una sobredosis. Otros hablan de un suicidio. Da igual. La segunda vez que Emma se encuentra con Paul le pide ir a visitar la tumba de su hermano. Paul le dice que nunca ha vuelto desde el día del entierro. Y allí van, con mi hijo James, a visitar la tumba de un pobre niño que no tuvo infancia o que no tuvo madre y a quien nos hubiese gustado mucho conocer. Mark.
Hace cinco semanas alguien llamó para decir que Paul estaba ingresado en el hospital May Day. No se llama así, así se llama la calle donde está el hospital, en Croydon. Un hospital terrible, enorme, lleno de enfermos abandonados y de enfermeras a las que les da igual el estado de los pacientes. Fue transferido a otro hospital, el St. George´s Hospital, donde le han encontrado una metástasis de un antiguo cáncer de colon además de una infección de un virus sin cura denominado JC. En poco tiempo, Paul ha pasado de contestar a preguntas a repetir palabras. Las últimas palabras de una frase que uno le dice. Los médicos, después de una biopsia cerebral, han diagnosticado lo peor: una muerte segura en un plazo muy corto.
Con la enfermedad han llegado los amigos. Uno de ellos, el mejor de todos, que se llama Ginger o le dicen Ginger, vaya usted a saber, le contó a Emma que un día le llamó Paul muy nervioso y le dijo: "Ginger, me tienes que contar todo lo que sepas sobre pesca, tengo que llevar a mi nieto a pescar y no tengo ni puta idea". Y así vamos teniendo la otra imagen de un hombre silencioso y distante que tal vez, porque había perdido un hijo, porque en su juventud había perdido una hija y no se atrevió a reclamarla, por tantas cosas, se sentía avergonzado. De lo que nos vamos enterando, ya sin remedio, es de que sus amigos lo quieren mucho, y que a sus amigos les contó muchas veces su historia. Una pena que nos enteremos de esto ahora, cuando su viaje no tiene retorno.
domingo, 15 de julio de 2012
Madrid
Madrid tiene algo de provinciano que nunca antes había percibido, pero al mismo tiempo también tiene ese aspecto de cosmopolitismo que caracteriza a las grandes ciudades. Madrid tiene, en sus calles limpias del centro, en especial la calle de Felipe V, la plaza de Oriente, incluso Bailén mirando a los jardines de Sabatini, una tranquila alegría de vivir que está muy ajena a lo que mis amigos de la calle Cadarso me dijeron luego: lo que al día siguiente anunció el presidente del gobierno, que nos quedábamos sin paga extra de navidad, que subía el IVA, etc. Siempre me ha gustado enterarme de las cosas un poco antes que los demás, pero esta no me gustó e incluso la puse en duda. Me dijeron: no te pierdas el consejo de ministros del próximo viernes. Pero el presidente no llegó al viernes. Lo soltó antes.
Al salir era tarde, demasiado tarde para mis costumbres de granjero que se va a la cama con el sol y se despierta con el mismo, que ya es decir en un país en el que amanece a las cuatro de la mañana en julio. Mi intención era subir por Bailén en busca del metro de Ópera, pasar de nuevo por la fachada del Palacio Real, pero se me fueron los ojos tras las sirenas y luces azules de la policía y el amontonamiento de la gente en la Plaza de España, a la altura del metro, con lo que me dirigí hacia allí con un interés algo distante. Tardé un poco en comprender que toda aquella gente esperaba a los mineros, a todos esos de los que se llevaba hablando en los periódicos muchos días, los que habíamos visto en la BBC lanzando cohetes contra una policía que ahora los escoltaba, qué curioso.
Venían muy despacio por Princesa, y yo me encontraba muy cansado. Al subir por la calle Leganitos vi desde la altura la lejanía de los mineros y pensé que no merecía la pena esperar más de una hora, así que decidí pasear por Gran Vía hasta Callao. Era media noche pero había tanta gente que apenas se podía avanzar, gente que paseaba en ambas direcciones, niños llorando o cogidos de la mano de sus padres, niños dormidos en sus carritos, parejas agarradas como si quisieran ir en un solo cuerpo compartido bajo los veinte grados de una noche de verano. Eso era la Gran Vía, pensé, como el paseo marítimo de una ciudad costera. Por eso tal vez no caminaba yo tranquilo, no con esa tranquilidad que lo hago por Londres, sabiendo de antemano que no voy a encontrar a nadie conocido. Sea que estoy demasiado acostumbrado a oír conversaciones callejeras en inglés, oyéndolas por las calles de Madrid se me ocurría que cada persona que hablaba me iba a conocer, así que por eso caminaba yo como en el pueblo, mirando los rostros e imaginando en cada uno los rastros de una emigración pasada y antigua, pero ahora que escribo me doy cuenta de eso, de que ese algo de provinciano que tiene Madrid no lo tiene Madrid, lo tenemos nosotros, los que hacemos Madrid, aunque sea por unos días.
Al salir era tarde, demasiado tarde para mis costumbres de granjero que se va a la cama con el sol y se despierta con el mismo, que ya es decir en un país en el que amanece a las cuatro de la mañana en julio. Mi intención era subir por Bailén en busca del metro de Ópera, pasar de nuevo por la fachada del Palacio Real, pero se me fueron los ojos tras las sirenas y luces azules de la policía y el amontonamiento de la gente en la Plaza de España, a la altura del metro, con lo que me dirigí hacia allí con un interés algo distante. Tardé un poco en comprender que toda aquella gente esperaba a los mineros, a todos esos de los que se llevaba hablando en los periódicos muchos días, los que habíamos visto en la BBC lanzando cohetes contra una policía que ahora los escoltaba, qué curioso.
Venían muy despacio por Princesa, y yo me encontraba muy cansado. Al subir por la calle Leganitos vi desde la altura la lejanía de los mineros y pensé que no merecía la pena esperar más de una hora, así que decidí pasear por Gran Vía hasta Callao. Era media noche pero había tanta gente que apenas se podía avanzar, gente que paseaba en ambas direcciones, niños llorando o cogidos de la mano de sus padres, niños dormidos en sus carritos, parejas agarradas como si quisieran ir en un solo cuerpo compartido bajo los veinte grados de una noche de verano. Eso era la Gran Vía, pensé, como el paseo marítimo de una ciudad costera. Por eso tal vez no caminaba yo tranquilo, no con esa tranquilidad que lo hago por Londres, sabiendo de antemano que no voy a encontrar a nadie conocido. Sea que estoy demasiado acostumbrado a oír conversaciones callejeras en inglés, oyéndolas por las calles de Madrid se me ocurría que cada persona que hablaba me iba a conocer, así que por eso caminaba yo como en el pueblo, mirando los rostros e imaginando en cada uno los rastros de una emigración pasada y antigua, pero ahora que escribo me doy cuenta de eso, de que ese algo de provinciano que tiene Madrid no lo tiene Madrid, lo tenemos nosotros, los que hacemos Madrid, aunque sea por unos días.
jueves, 5 de julio de 2012
Classic breakfast
Como había recogido todo y no tenía reunión, ayer me quedé en casa. Fui paseando al pueblo con James por la mañana, despacio, mirándolo todo como si fuera la última vez. Los coches, los autobuses rojos de doble planta, las ardillas saltando entre los árboles, las palomas torcaces dentro del supermercado... Compré la licuadora a las nueve cuarenta y cinco. Salí de la tienda y comencé a caminar sin rumbo por High Street cuando me acordé que debía liberar el móvil, pues voy a España dentro de tres días. Miré hacia atrás, por la acera de enfrente y leí el rótulo luminoso "ALL MOBILES UNLOCKED", de manera que busqué un paso de cebra para cruzar la calle. Tuve que caminar hacia atrás otra vez, pasar frente a la tienda en la que había comprado la licuadora, decirle adiós con la cabeza al muchacho amable que me había atendido y que ahora se fumaba un cigarrillo en la calle, para cruzarla con seguridad. Miré el móvil y eran las nueve y cincuenta y dos. Ahora, del otro lado, tenía que caminar en dirección contraria. Vi el pub, que tenía las puertas abiertas. Un anuncio decía: "CLASSIC BREAKFAST 2.99". Era demasiado temprano, pero miré, incrédulo, hacia adentro. Un vaho de alcohol salía hacia afuera por las puertas abiertas como un vómito. Y los vi, allí estaban, sentados, mayores, con sus pintas de cerveza viajando lentamente desde las mesas a sus bocas.
Ahora son las cinco y media de la mañana, aunque el horario del blog sea las ocho de la tarde de ayer. Es como estar escribiendo en el pasado, como si el presente fuera la memoria. Eso decía Paul Auster en The invenction of solitude, "la memoria es ese lugar donde las cosas ocurren por segunda vez", traduzco de memoria.
Hoy, por tanto, no ayer, iré por última vez al trabajo de Portobello Road. Más allá de mi tristeza, y que tiene que ver con mi sorpresa de ayer por la mañana, paseando por High Street con James y ver los bebedores mañaneros, es la pregunta que siempre me he hecho cuando paso por Westbourne Park Road. Hay un pub que a las ocho de la mañana tiene sus puertas abiertas, y nunca he sabido si estaban abriendo o estaban cerrando. Ahora lo sé. Hay pubs que abren a las nueve. Classic breakfast 2.99: una pinta de cerveza.
Ahora son las cinco y media de la mañana, aunque el horario del blog sea las ocho de la tarde de ayer. Es como estar escribiendo en el pasado, como si el presente fuera la memoria. Eso decía Paul Auster en The invenction of solitude, "la memoria es ese lugar donde las cosas ocurren por segunda vez", traduzco de memoria.
Hoy, por tanto, no ayer, iré por última vez al trabajo de Portobello Road. Más allá de mi tristeza, y que tiene que ver con mi sorpresa de ayer por la mañana, paseando por High Street con James y ver los bebedores mañaneros, es la pregunta que siempre me he hecho cuando paso por Westbourne Park Road. Hay un pub que a las ocho de la mañana tiene sus puertas abiertas, y nunca he sabido si estaban abriendo o estaban cerrando. Ahora lo sé. Hay pubs que abren a las nueve. Classic breakfast 2.99: una pinta de cerveza.
lunes, 2 de julio de 2012
Zorros
Los gritos de los zorros a media noche, llamando a los cachorros, como anoche, será algo que eche de menos en España. También los zorros pasando a tu lado mientras llegas a casa o sales por la mañana hacia la estación de tren, las negras y frías mañanas de invierno. Zorros de pelaje brillante y mirada inteligente entre dos automóviles aparcados. Zorros abriendo con los dientes las bolsas de basura de los vecinos más olvidadizos: se encontrarán a la mañana en la puerta de sus casas la intimidad de su basura esparcida por la calle, los pañales de los bebés, los paquetes consumidos de comida rápida, los condones...
sábado, 30 de junio de 2012
La última semana
Hoy es domingo, aunque para este blog sea sábado debido a esas decisiones que uno hace al principio, en los momentos de las configuraciones, de modo que el horario del blog seguramente es un horario americano de California, y yo, como casi siempre, estoy despierto a la seis de la mañana, cuando allí están cenando o tomando las copas del sábado noche.
Mañana será el último lunes que vaya a trabajar al colegio español, y esta será la última semana, y compraré el último tíquet semanal de tren. Me acuerdo que es septiembre viajé el primer día en bicicleta desde la estación de Victoria con la sensación triste de estar haciéndolo por última vez, porque era el último septiembre de mi estancia en Londres, y entonces ponía yo más tristeza o más sentimiento que ahora, que casi tengo ganas de que todo acabe, de que hayan venido los hombres de la mudanza, de que estemos ya viviendo en Collado Mediano, de que todo esté en su sitio, los niños matriculados en sus respectivas escuelas... Porque hasta enconces aún queda un trecho largo y cansado. Dentro de una semana estaré en España. Dentro de un mes estarán los señores de la mudanza. Dentro de dos meses estaremos a punto de comenzar el nuevo curso. Y esta casa que es ahora tan familiar, será una casa extraña, lejana y ajena.
Mañana será el último lunes que vaya a trabajar al colegio español, y esta será la última semana, y compraré el último tíquet semanal de tren. Me acuerdo que es septiembre viajé el primer día en bicicleta desde la estación de Victoria con la sensación triste de estar haciéndolo por última vez, porque era el último septiembre de mi estancia en Londres, y entonces ponía yo más tristeza o más sentimiento que ahora, que casi tengo ganas de que todo acabe, de que hayan venido los hombres de la mudanza, de que estemos ya viviendo en Collado Mediano, de que todo esté en su sitio, los niños matriculados en sus respectivas escuelas... Porque hasta enconces aún queda un trecho largo y cansado. Dentro de una semana estaré en España. Dentro de un mes estarán los señores de la mudanza. Dentro de dos meses estaremos a punto de comenzar el nuevo curso. Y esta casa que es ahora tan familiar, será una casa extraña, lejana y ajena.
miércoles, 20 de junio de 2012
Los ausentes
A veces los ausentes son más importantes que los presentes, dejando a estos últimos con una tristeza de seres abandonados. Los que se murieron, a veces, son más importantes que los que están delante, los que te cortan las uñas, los que te traen galletas a la cama de convaleciente. Los ausentes son una pantalla opaca detrás de la cual están los que te miran, pero tú no puedes verlos.
domingo, 17 de junio de 2012
Sin leer
Llevo bastante tiempo sin leer, y eso se me nota en el cuerpo. No palabras o textos, sino leer, lo que es leer a gusto un libro, sentarse uno tranquilo con un par de horas por delante. Un par de horas por delante... Llevo bastante tiempo sin leer, y eso se me nota en el cuerpo.
sábado, 16 de junio de 2012
Árboles
Cuando llegamos a esta casa lo primero que hicimos fue plantar dos árboles, uno de ellos un pino enano del norte, de crecimiento lento, y el otro... Bueno, el otro árbol no sé cómo se llama, lo encontré en la primera casa de alquiler donde vivimos en Inglaterra, en la casa de Shelley Close. El anterior dueño había instalado un curioso sistema para recoger el agua de la lluvia del tejado de la casa y del garaje, y esta iba a parar a un bidón. Si queríamos regar, siempre teníamos agua a disposición en aquel bidón de color verde. Un día me fijé y vi que salía de dentro una rama. Era una ramita en la que despuntaban las primeras hijas de la primavera, así que tiré de ella y descubrí que al final de la misma colgaban unas raíces. Incomprensiblemente, aquel ser vivo había podido nacer y crecer en un entorno acuático, sin tierra. Me quedé mirando aquella rama y me dio pena, así que la metí en una maceta.
Cuando llegamos a Maxwell Gardens planté el arbolito, cuyo nombre desconozco, aunque lo he buscado incesantemente, al fondo del jardín. Ahora, cinco años después, cuando es momento de irnos, tiene seis metros de altura. Le tengo cariño yo a este árbol sin nombre que se llena de flores blancas en primavera. Le tengo el mismo cariño que se le puede tener a un chucho callejero que uno adoptara y salvara de la mala vida de la calle y de las noches sin caricias.
El otro día vino una mujer a ver la casa (sigue en venta) y hablaba, como para sí, de cortar los árboles. Alexander puso cara de espanto y, una vez solos, hizo un discurso en inglés sobre los árboles que tenía que haber escrito. No creo que le vendamos la casa a esta arboricida, de todas formas.
Cuando llegamos a Maxwell Gardens planté el arbolito, cuyo nombre desconozco, aunque lo he buscado incesantemente, al fondo del jardín. Ahora, cinco años después, cuando es momento de irnos, tiene seis metros de altura. Le tengo cariño yo a este árbol sin nombre que se llena de flores blancas en primavera. Le tengo el mismo cariño que se le puede tener a un chucho callejero que uno adoptara y salvara de la mala vida de la calle y de las noches sin caricias.
El otro día vino una mujer a ver la casa (sigue en venta) y hablaba, como para sí, de cortar los árboles. Alexander puso cara de espanto y, una vez solos, hizo un discurso en inglés sobre los árboles que tenía que haber escrito. No creo que le vendamos la casa a esta arboricida, de todas formas.
viernes, 8 de junio de 2012
Uno aprende
Uno aprende viviendo y equivocándose: uno aprende haciendo, de la práctica, viviendo, creando, tomando decisiones. Muchos escritores tuvieron que decir, una vez terminada la universidad o los doctorados, que la mejor escuela fue la calle. Hombre, la calle la calle no, es un decir, un poner, que diría mi abuela: la calle significa lo manipulativo y lo implicativo, lo que es real, de donde uno aprende, vaya.
Sin embargo todavía hay mucho profesor que piensa que aprender, lo que es aprender, es aprender de memoria. También repitiendo. Repitiendo muchas veces la misma cosa: por ejemplo multiplicaciones o divisiones, mapas, frases ridículas.
Yo he oído a este profesor decir que el sistema español, por contraposición al sistema británico de enseñanza, es mucho mejor, sin comparación. Los niños ingleses no aprenden las tablas de multiplicar, no llevan cientos de horas de tareas para casa cada día, y solo hacen proyectitos de investigación sobre romanos o sajones, y se visten de griegos cada dos por tres, y llevan comidas del mundo a los colegios, y andan siempre tonteando.
Y así, tonteando tonteando, la comparación de los dos sistemas queda como sigue:
Nobel de física: España 0, Reino Unido 21,5.
Nobel de química: España 0, Reino Unido 25.
Nobel de medicina: España 1,5, Reino Unido 28.
Nobel de economia: España 0, Reino Unido 6.
Literatura: España 6, Reino Unido 11.
Sin embargo todavía hay mucho profesor que piensa que aprender, lo que es aprender, es aprender de memoria. También repitiendo. Repitiendo muchas veces la misma cosa: por ejemplo multiplicaciones o divisiones, mapas, frases ridículas.
Yo he oído a este profesor decir que el sistema español, por contraposición al sistema británico de enseñanza, es mucho mejor, sin comparación. Los niños ingleses no aprenden las tablas de multiplicar, no llevan cientos de horas de tareas para casa cada día, y solo hacen proyectitos de investigación sobre romanos o sajones, y se visten de griegos cada dos por tres, y llevan comidas del mundo a los colegios, y andan siempre tonteando.
Y así, tonteando tonteando, la comparación de los dos sistemas queda como sigue:
Nobel de física: España 0, Reino Unido 21,5.
Nobel de química: España 0, Reino Unido 25.
Nobel de medicina: España 1,5, Reino Unido 28.
Nobel de economia: España 0, Reino Unido 6.
Literatura: España 6, Reino Unido 11.
Investigar
Ahora el gobierno va a reducir gasto en la investigación y el desarrollo, esa parte que a los españoles les gusta tanto reducir, total, para qué vamos a investigar si ya está todo investigado, o para qué vamos a descubrir nada nuevo si ya está todo descubierto, sobre todo América, y eso lo hicimos nosotros, los españoles, los de la raza española-española, los de la verdad. Es como eso de para qué vamos a ir a ningún lado si en ningún sitio se puede estar mejor que en mi pueblo.
Todo el mundo sabe que si un país investiga, genera riqueza. Que se lo digan a los alemanes, o a los ingleses. Solo basta mirar los premios Nobel de medicina, química, física... En los primeros puestos están siempre los americanos, los alemanes, los ingleses y los franceses. Esos que no escatiman en gasto en investigación, esos que cada año lo potencian. Pues nada, nosotros, los españoles, como siempre, en dirección contraria. Y con orgullo. Con la cabeza alta.
Eso sí, el presidente (da igual que fuera este o fuera el otro, lo hacen todos) a despedir a la selección española de fútbol (que si España lo que necesita es una alegría...) para decirles que ganen, por dios, que ganen la Eurocopa al menos. Si no ganamos los Nobel, por lo menos que ganemos algo. Pero ganar, lo que es ganar, los españoles no ganan ni un sueldo digno. Muchos no ganan ni para comer.
Pobre país de paletos. Viva España.
Todo el mundo sabe que si un país investiga, genera riqueza. Que se lo digan a los alemanes, o a los ingleses. Solo basta mirar los premios Nobel de medicina, química, física... En los primeros puestos están siempre los americanos, los alemanes, los ingleses y los franceses. Esos que no escatiman en gasto en investigación, esos que cada año lo potencian. Pues nada, nosotros, los españoles, como siempre, en dirección contraria. Y con orgullo. Con la cabeza alta.
Eso sí, el presidente (da igual que fuera este o fuera el otro, lo hacen todos) a despedir a la selección española de fútbol (que si España lo que necesita es una alegría...) para decirles que ganen, por dios, que ganen la Eurocopa al menos. Si no ganamos los Nobel, por lo menos que ganemos algo. Pero ganar, lo que es ganar, los españoles no ganan ni un sueldo digno. Muchos no ganan ni para comer.
Pobre país de paletos. Viva España.
sábado, 2 de junio de 2012
Banderas
La ciudad se ha ido engalanando de banderas, grandes, medianas, pequeñas, de tela o de plástico, de papel, colgadas a una cuerda, triangulares, vistosas, enormes, colgando de edificios y balcones, de los techos de las estaciones de tren, como en la de Victoria Station: ¿fue esta semana cuando al bajarme del tren y al ir andando a buscar la bici en el andén número ocho se me fue la mirada hacia arriba y casi me asusté al ver las banderas, marcialmente alineadas, colgando del techo, movidas por esa brisa que siempre corre en el interior de los edificios enormes?, y luego, en Portobello Road, me extrañó sorprender entre la miseria de los barrenderos y la mugre de los últimos borrachos de la noche (uno nunca sabrá si están empezando el día o acabando la noche anterior) las serpentinas de banderitas a todo lo largo de la calle más atractiva de Londres si es sábado y eres un turista español.
Incluso nuestra querida vecina ha engalanado su casa de banderas. Nuestra querida K., con los niños, que tanto tiempo pasan juntos. Se me cayó el alma a los pies, pero luego, en un intento de comprensión antropológica, me dije que no, que tal vez estas cosas les pasaban a los ingleses por ser ingleses, así que como mi mujer es inglesa y estábamos en la cocina (con la ventana abierta oíamos las indicaciones de K. y de su marido M. colgando las banderas alrededor de la casa, de las tejas) le dije, con sorna, que se nos había olvidado comprar banderitas. "Todavía tenemos tiempo", me respondió. Y al ver mi cara de espanto: "only jocking, man", y luego las risas (de alivio).
El próximo domingo, o sea, mañana, habrá fiestas por las calles de los pueblos, calles cortadas, y se extenderá por el país una borrachera gubernamentalmente promovida para celebrar los sesenta años de monarquía de la reina Isabel II. Vistas las banderas y lo que la gente dice, no tengo más remedio que pensar que este país es muy monárquico. Con la excepción de mi esposa, claro.
Incluso nuestra querida vecina ha engalanado su casa de banderas. Nuestra querida K., con los niños, que tanto tiempo pasan juntos. Se me cayó el alma a los pies, pero luego, en un intento de comprensión antropológica, me dije que no, que tal vez estas cosas les pasaban a los ingleses por ser ingleses, así que como mi mujer es inglesa y estábamos en la cocina (con la ventana abierta oíamos las indicaciones de K. y de su marido M. colgando las banderas alrededor de la casa, de las tejas) le dije, con sorna, que se nos había olvidado comprar banderitas. "Todavía tenemos tiempo", me respondió. Y al ver mi cara de espanto: "only jocking, man", y luego las risas (de alivio).
El próximo domingo, o sea, mañana, habrá fiestas por las calles de los pueblos, calles cortadas, y se extenderá por el país una borrachera gubernamentalmente promovida para celebrar los sesenta años de monarquía de la reina Isabel II. Vistas las banderas y lo que la gente dice, no tengo más remedio que pensar que este país es muy monárquico. Con la excepción de mi esposa, claro.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Miedo en el cuerpo
Eso de tengo el miedo metido en el cuerpo, como si el miedo se pudiera meter en otro sitio que no fuera un cuerpo, es una expresión popular que me sirve hoy para qué: para retratar a un país. El país está como yo, con el miedo metido en el cuerpo. El país está como yo: con una redundancia. El país me sirve hoy para escribir algo, para dejar de mirar como un poseso los titulares digitales de los periódicos cada diez minutos. Hoy, a media mañana, Bruselas, y ellos, nos dieron un respiro. Pero luego qué. Qué los años que nos quedan por vivir....
miércoles, 23 de mayo de 2012
Día de huelga
Ayer dediqué el día de huelga a cuidar de Alexander, que tiene varicela. Lleva tanto tiempo sin ir a la escuela que se le hace cuesta arriba pensar en volver. El lunes, como no teníamos con quien dejarlo, le obligamos a vestirse. Le obligamos a asistir al colegio, pero al mediodía no pudo más. Emma (tenemos la suerte de que su madre y él van al mismo cole) se lo trajo a casa. La verdad que el día de huelga nos vino de perlas.
La hubiese secundado yo de todas formas. Hay cosas por las que merece la pena luchar, y la educación pública es una de ellas. Los menores menos favorecidos, por ejemplo, los que merecen todo nuestro apoyo para ayudarlos a superar las desventajas sociales que les han venido impuestas, que ellos no han elegido. Los menores con dificultades de aprendizaje, que necesitan un refuerzo especial sin el cual se quedarán en el vacío o en el limbo cultural en el que tantos se quedan.
Si los niños no realizan trabajos manipulativos en las primeras edades, si no dedican sus horas de recreo a escarbar en los areneros que ahora posiblemente se queden sin arena por falta de dinero, sin plastilina y sin barro, no llegarán a desarrollar el potencial que llevan dentro. Y el país será, como siempre, un país de fracasados, de los que nunca llegan a nada. Llegarán, eso sí, los de siempre: los hijos de los ricos, que acuden a centros privados llenos de recursos, de areneros renovados de arena nueva y siempre limpia, no con residuos de jeringuillas o de vidrios de botellas de cerveza, no con colillas de cigarrillos ni de porros. Renovados con subvenciones públicas también. Esto no hay que olvidarlo.
La hubiese secundado yo de todas formas. Hay cosas por las que merece la pena luchar, y la educación pública es una de ellas. Los menores menos favorecidos, por ejemplo, los que merecen todo nuestro apoyo para ayudarlos a superar las desventajas sociales que les han venido impuestas, que ellos no han elegido. Los menores con dificultades de aprendizaje, que necesitan un refuerzo especial sin el cual se quedarán en el vacío o en el limbo cultural en el que tantos se quedan.
Si los niños no realizan trabajos manipulativos en las primeras edades, si no dedican sus horas de recreo a escarbar en los areneros que ahora posiblemente se queden sin arena por falta de dinero, sin plastilina y sin barro, no llegarán a desarrollar el potencial que llevan dentro. Y el país será, como siempre, un país de fracasados, de los que nunca llegan a nada. Llegarán, eso sí, los de siempre: los hijos de los ricos, que acuden a centros privados llenos de recursos, de areneros renovados de arena nueva y siempre limpia, no con residuos de jeringuillas o de vidrios de botellas de cerveza, no con colillas de cigarrillos ni de porros. Renovados con subvenciones públicas también. Esto no hay que olvidarlo.
martes, 15 de mayo de 2012
Buen viaje
Entre mis 19 y mis 23 años leí unas tres veces Cambio de piel, y por entonces también La muerte de Artemio Cruz, y por supuesto antes de ir a vivir a Málaga, el cuento Aura. Hace un par de años lo intenté de nuevo con Terra Nostra y no pude terminarlo, pero uno puede comprender, dentro de su ignorancia ominosa, la tarea que emprendió Carlos Fuentes, que se acaba de morir. Es como el Ulises de Joyce, que tengo descargado en el Kindle en versión original (sin subtítulos) y no voy a poder terminar nunca. Tal vez hay libros escritos para que uno solo pueda empezarlos. Tal vez hay libros escritos para escritores solo, escritores de verdad, no estos de los blogs, con ínfulas de nada.
Pero yo a Carlos Fuentes, como a Joyce, le tengo cariño. Se muere alguien que era como de la familia, con sus libros aquí en casa, sobre todo ese que quiero yo tanto, el de Cambio de piel, que ganó el premio Biblioteca Breve en su momento. Hubo un tiempo en que quise escribir como él, y lo imitaba mucho.
Muchos dicen que era un pijo. Es decir, si lo comparamos con Rulfo. Rulfo era el pobretón de la literatura mexicana. Fuentes el pijo, aunque un pijo rojo. Pero me caía bien. Lo hizo bien. Así que, desde aquí, ahora, echado en la cama, oyendo la respiración de los niños recién dormidos, te deseo un buen viaje, Carlos. Vete tranquilo. Lo intentaré de nuevo con Terra Nostra.
Pero yo a Carlos Fuentes, como a Joyce, le tengo cariño. Se muere alguien que era como de la familia, con sus libros aquí en casa, sobre todo ese que quiero yo tanto, el de Cambio de piel, que ganó el premio Biblioteca Breve en su momento. Hubo un tiempo en que quise escribir como él, y lo imitaba mucho.
Muchos dicen que era un pijo. Es decir, si lo comparamos con Rulfo. Rulfo era el pobretón de la literatura mexicana. Fuentes el pijo, aunque un pijo rojo. Pero me caía bien. Lo hizo bien. Así que, desde aquí, ahora, echado en la cama, oyendo la respiración de los niños recién dormidos, te deseo un buen viaje, Carlos. Vete tranquilo. Lo intentaré de nuevo con Terra Nostra.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Los días grises
Creo que llevamos ya cuatro semanas con lluvias ininterrumpidas. El fin de semana, mientras limpiábamos la casa por la mañana y la preparábamos para unas visitas (las únicas visitas que tenemos últimamente son las de los compradores potenciales), Emma se detuvo un momento, con el trapo del polvo en la mano y la mirada perdida en la ventana, y dijo, como para sí: si no sale el sol pronto me voy a volver loca.
Es una de estas situaciones que comienzan a ser bíblicas, imágenes que uno creía que pertenecían al mundo de la literatura latinoamericana que más nos gustó una vez, la de Cien años de soledad. Aunque no todo es gris, no siempre. A veces, como ayer, ¿ayer?, por la tarde, salió un rayito de sol. Como no estamos ya acostumbrados, y yo había ido a recoger a James, me apresuré a sacarlo al jardín a que jugara bajo el sol, mientras yo comenzaba a preparar la cena. En una de estas, que miré hacia el otro lado, hacia afuera de la calle, vi a las vecinas de abajo, las cuatro niñas rubias de la familia del número 26. Se habían puesto los pantalones más cortos del ropero, de los de marcar paquete, y patinaban calle arriba calle abajo como si fuera verano y el sol llevara muchos días seguidos en el cielo. Es curioso. En estos días invernales, como el calendario dice mayo, uno puede encontrar por la calle a personas con abrigos junto a otras con manga corta.
Sigue lloviendo.
Es una de estas situaciones que comienzan a ser bíblicas, imágenes que uno creía que pertenecían al mundo de la literatura latinoamericana que más nos gustó una vez, la de Cien años de soledad. Aunque no todo es gris, no siempre. A veces, como ayer, ¿ayer?, por la tarde, salió un rayito de sol. Como no estamos ya acostumbrados, y yo había ido a recoger a James, me apresuré a sacarlo al jardín a que jugara bajo el sol, mientras yo comenzaba a preparar la cena. En una de estas, que miré hacia el otro lado, hacia afuera de la calle, vi a las vecinas de abajo, las cuatro niñas rubias de la familia del número 26. Se habían puesto los pantalones más cortos del ropero, de los de marcar paquete, y patinaban calle arriba calle abajo como si fuera verano y el sol llevara muchos días seguidos en el cielo. Es curioso. En estos días invernales, como el calendario dice mayo, uno puede encontrar por la calle a personas con abrigos junto a otras con manga corta.
Sigue lloviendo.
martes, 8 de mayo de 2012
El día de Europa
Para celebrar el día de Europa los de 1 de ESO aprenden no sólo a tocar la parte del Te Deum de Charpentier que todo el mundo conoce, sino que aprenden que el Te Deum se llama así, no Eurovisión. El himno oficial de Europa, sin embargo, es la Oda a la Alegría que compuso Beethoveen dentro de su novena, aunque los niños aprenden muy pronto a tocarla con la flauta y van dando flautazos en sol mayor con la maldita melodía por todo el colegio. El nueve de mayo es fiesta en Jersey porque fue hoy, en 1945, que los liberaron de la tiranía nazi, no ayer, que acabó la guerra. Los aviones aliados volaban por encima camino de Alemania y los pobres habitantes de la isla se preguntaban si no se habrían olvidado de ellos, si siempre iban a tener que vivir así, bajo las herraduras de los soldados arios. El nueve de mayo Schuman, el ministro de exteriores francés, leyó la declaración que lleva su apellido, una declaración sentida en la que pedía a las naciones europeas la unión en un estado más grande y comprometido para evitar lo que hasta entonces había sido la guerra más terrible en la tierra. La Unión Europea nacía como idea entonces, y como idea pacífica, por decirlo de algún modo. Yo nací 24 años después. Un nueve de mayo. Felicidades, Europa.
sábado, 5 de mayo de 2012
Pedales
Mi abuelo gallego, que se llamaba Aurelio, vaya nombre, viajaba en bicicleta. Lo hacía sobre todo entre la aldea de Baronzás y el pueblo de Xinzo da Limia, que aunque están a un kilómetro de distancia, lo hacía cargado de productos de la tierra que vendía por las calles. Muchas veces, cuando llegábamos a Xinzo a primeros de agosto, nos cruzábamos con él por la carretera, y aunque mi padre tocaba el claxon del coche, él apenas disminuía su ritmo lentísimo de tortuga de cuento. Me preguntaba entonces cómo podía mantener el equilibrio a aquella velocidad. Tenía setenta, y luego ochenta años. Y más tarde noventa. Y seguía viajando en bicicleta, hasta que perdió el sentido de la realidad y se murió muy rápidamente, enloquecido o tal vez más cuerdo de lo acostumbrado: le pedía a mi madre que le trajera un habano encendido en su lecho de enfermo o de muerte.
Me acuerdo de estar junto a él en las siestas orensanas, que son como las de Córdoba, pero con un porcentaje bastante mayor de humedad (multiplique usted por cien). A la sombra de la parra, recuerdo que sacaba del bolsillo un cigarro que había apagado a la mitad hacía quién sabe cuántos días, lo encendía, y leía el resto de una revista tal vez de hacía tres o cuatro años, pues lo mismo le servían para encender el fuego en la cocina de leña cada mañana como para leer una noticia atrasada, un presente hecho historia o nadería, quién sabe.
Me acuerdo mucho de mi abuelo Aurelio, me acuerdo de él casi cada mañana, cuando voy al trabajo y pedaleo en mi bici bajo la lluvia o la neblina o el sol, el frío o el calor. Cada mañana y cada tarde, yendo y viniendo del instituto español, sudo, y ese sudor me limpia, lo mismo que me limpia el trabajo del campo. Lo que hizo que mi abuelo se convirtiera en un ser casi centenario que podía ir en bicicleta por la carretera de Xinzo da Limia.
Yo a la máquina le debo muchas horas de sufrimiento y de libertad desde muy pequeño. De niño, mi tío Paco me regaló una BH que no olvidaré jamás. De joven, en Córdoba, fui de los primeros que reivindicaron, con la práctica, un carril bici que no sé si ha llegado a la ciudad. Y ahora, a mis casi 43 años, la bicicleta me ha devuelto a una juventud que creía había perdido. Tanto sudar y he perdido la barriga que empezaba a preocupar a Emma y a mí mismo, y mis piernas han vuelto a ser las que eran, no esos troncos fláccidos de los que me avergonzaba un año y medio atrás. A Paul Auster le gustaría oírme la historia, seguro, amante como es de los puros y los cigarros como de los deportes que merecen la pena: el baloncesto, el béisbol o, supongo yo, aunque no lo tengo claro, la bicicleta. Volvemos a España, pero lo que a mí me gustaría es irme a Nueva York otros cuantos años, y viajar por aquellas avenidas de taxis amarillos sudando, pedaleando, manteniéndome joven, o lo que es lo mismo, vivo.
Me acuerdo de estar junto a él en las siestas orensanas, que son como las de Córdoba, pero con un porcentaje bastante mayor de humedad (multiplique usted por cien). A la sombra de la parra, recuerdo que sacaba del bolsillo un cigarro que había apagado a la mitad hacía quién sabe cuántos días, lo encendía, y leía el resto de una revista tal vez de hacía tres o cuatro años, pues lo mismo le servían para encender el fuego en la cocina de leña cada mañana como para leer una noticia atrasada, un presente hecho historia o nadería, quién sabe.
Me acuerdo mucho de mi abuelo Aurelio, me acuerdo de él casi cada mañana, cuando voy al trabajo y pedaleo en mi bici bajo la lluvia o la neblina o el sol, el frío o el calor. Cada mañana y cada tarde, yendo y viniendo del instituto español, sudo, y ese sudor me limpia, lo mismo que me limpia el trabajo del campo. Lo que hizo que mi abuelo se convirtiera en un ser casi centenario que podía ir en bicicleta por la carretera de Xinzo da Limia.
Yo a la máquina le debo muchas horas de sufrimiento y de libertad desde muy pequeño. De niño, mi tío Paco me regaló una BH que no olvidaré jamás. De joven, en Córdoba, fui de los primeros que reivindicaron, con la práctica, un carril bici que no sé si ha llegado a la ciudad. Y ahora, a mis casi 43 años, la bicicleta me ha devuelto a una juventud que creía había perdido. Tanto sudar y he perdido la barriga que empezaba a preocupar a Emma y a mí mismo, y mis piernas han vuelto a ser las que eran, no esos troncos fláccidos de los que me avergonzaba un año y medio atrás. A Paul Auster le gustaría oírme la historia, seguro, amante como es de los puros y los cigarros como de los deportes que merecen la pena: el baloncesto, el béisbol o, supongo yo, aunque no lo tengo claro, la bicicleta. Volvemos a España, pero lo que a mí me gustaría es irme a Nueva York otros cuantos años, y viajar por aquellas avenidas de taxis amarillos sudando, pedaleando, manteniéndome joven, o lo que es lo mismo, vivo.
lunes, 30 de abril de 2012
La sierra
El destino provisional es Collado Mediano, un pueblecito que no tuvimos la ocurrencia de visitar cuando pasamos tres días en la zona esta Semana Santa. En Collado Mediano se ha pasado nuestro amigo Pepe Beltrán más de un año, en casa de su hermano, recuperándose de una larga enfermedad. En Collado Mediano vive, por lo visto, el campeón del mundo de ajedrez, que es indio y a quien nadie ve salvo paseando de vez en cuando: está recluido en el sótano de su casa, rodeado de libros y de programas informáticos. También tiene o tuvo su casa Antonio Muñoz Molina, y también vivió allí o por los alrededores (¿Alpedrete?) Carlos Saura y Paco Rabal.
Llevo todo este año echando de menos lo que todavía estoy viviendo, los paisajes mojados de Inglaterra, las distintas clases de nubes que he ido poco a poco aprendiendo a interpretar, los campos cultivados, y las calles de Londres, las que paseo en bicicleta camino del trabajo. Miro el árbol que planté hace cinco años y me sorprende siempre verlo tan grande, sobre todo esta última primavera.
Vivir echando de menos las cosas que aún uno tiene, tiene que ser como vivir estando a punto de morirse. Es un buen aprendizaje para Alexander, que nos acompaña en la despedida lenta del último año de estancia aquí, aunque la casa no se venda y tengamos que tenerla y acaso visitarla y darle una vuelta y venir a quedarnos para las vacaciones. Podremos sostener la situación durante dos años. Luego, ya veremos.
Esto de no vender la casa es algo que uno no comprende. Uno ha sido feliz aquí, uno vive bien aquí, uno tiene el tren al lado, uno deja el coche abierto por las noches, uno no cierra con llave el garaje, uno solo oye por las noches las peleas de los zorros. Por las mañanas el canto de los mirlos. Uno no entiende que nadie quiera la casa donde se ha sido feliz más o menos, donde ha nacido James, donde Alexander se ha hecho mayor y ha aprendido a leer y a escribir.
Han salido los espárragos amargueros. El próximo fin de semana iré a coger un manojo y me los comeré yo solo, porque solo a mí me gustan. Me los comeré (esparragados) despidiéndome también, como todo lo que hago ahora.
Llevo todo este año echando de menos lo que todavía estoy viviendo, los paisajes mojados de Inglaterra, las distintas clases de nubes que he ido poco a poco aprendiendo a interpretar, los campos cultivados, y las calles de Londres, las que paseo en bicicleta camino del trabajo. Miro el árbol que planté hace cinco años y me sorprende siempre verlo tan grande, sobre todo esta última primavera.
Vivir echando de menos las cosas que aún uno tiene, tiene que ser como vivir estando a punto de morirse. Es un buen aprendizaje para Alexander, que nos acompaña en la despedida lenta del último año de estancia aquí, aunque la casa no se venda y tengamos que tenerla y acaso visitarla y darle una vuelta y venir a quedarnos para las vacaciones. Podremos sostener la situación durante dos años. Luego, ya veremos.
Esto de no vender la casa es algo que uno no comprende. Uno ha sido feliz aquí, uno vive bien aquí, uno tiene el tren al lado, uno deja el coche abierto por las noches, uno no cierra con llave el garaje, uno solo oye por las noches las peleas de los zorros. Por las mañanas el canto de los mirlos. Uno no entiende que nadie quiera la casa donde se ha sido feliz más o menos, donde ha nacido James, donde Alexander se ha hecho mayor y ha aprendido a leer y a escribir.
Han salido los espárragos amargueros. El próximo fin de semana iré a coger un manojo y me los comeré yo solo, porque solo a mí me gustan. Me los comeré (esparragados) despidiéndome también, como todo lo que hago ahora.
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