lunes, 26 de noviembre de 2012

Los ciervos

Ya es la segunda vez que viajo entre semana en tren entre las estaciones de Pitis, en el Norte de Madrid, y Las Rozas, camino de Collado Mediano, pero sólo esta segunda me he percatado que nada más salir de la estación de Pitis, que se encuentra desolada en un paisaje de parcelas con farolas que no funcionan y con carreteras cortadas, como si en cualquier momento las empresas constructoras se vayan a poner manos a la obra, aunque uno sabe perfectamente que no, que eso no va a ocurrir próximamente, sino que ese paisaje que se ha vuelto común comienza a ser también una seña de identidad y un símbolo de lo que también somos: un país que no termina lo que emprende, y nada más dejar atrás ese espacio como de boceto, lleno de automóviles aparcados de cualquier manera en los solares y sobre los charcos de barro, uno se sumerje en los encinares de El Pardo, y al momento, si estás atento, ves los ciervos pastando en la hierba.

Mi mirada de asombro o de sorpresa es la única en el vagón de tren, donde todo el mundo va a lo suyo, navegando o escuchando música con el móvil, leyendo un libro (una muchacha lee con mucha atención un libro que se titula La enseñanza destruida), y nadie parece querer sacar la vista hacia afuera: la tierra se ha cubierto de una hierba preciosa, blanda, que al contraste con el sol hace apetecer tumbarse en ella, junto a los gamos que limpian sus cornamentas en las chaparreñas. 

En Villalba, una vez atravesado el bosque de Torrelodones, viendo a la gente salir y entrar de los vagones de los trenes, me doy cuenta de que la mayoría de nosotros hemos abandonado lo rural hace mucho tiempo, y que somos urbanitas sin remedio, en un viaje que seguramente no tiene vuelta atrás, pues hemos perdido incluso lo innato del mirar, de lanzar la mirada hacia lo lejos, hacia los montes, e identificar la vida que se mueve y que se relaciona al margen de nosotros. 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Valentías individuales

Supongo que es fácil ampararse en la colectividad mayoritaria para reivindicar algo, algo que comienza a considerarse verdad, como por ejemplo en Tarragona, donde estuvimos el fin de semana pasado, con las ventanas de las casas de los pueblos llenas de banderas independentistas catalanas, o como pasa también en las manifestaciones grandilocuentes de los defensores de la familia tradicional y católica, que llevan niños y bebés a unos encuentros amparados por obispos y políticos de derecha o de extrema derecha que, algunos de ellos, están viviendo su homosexualidad encerrados en armarios.

Ante la convocatoria de huelga general las valentías individuales valen más que las estadísticas: las estadísticas siempre mienten, o al menos, ocultan información. Todo el mundo lo sabe, por eso los expertos de marketing estudian, sobre todo, estadística. Es curioso que las matemáticas, esa ciencia infalible, se haya convertido en una ciencia que encubre opiniones partidarias. Yo no tengo que ser valiente para hacer huelga, como soy funcionario solo tengo que hacer frente al descuento de sueldo pertinente. Emma, sin embargo, hará huelga en un sistema privado en el que la delegada sindical ya le ha informado de que si se suma a l huelga su puesto de trabajo peligra. ¿Cuánta gente valiente, en estos días de incertidumbre y de hambre, se van a atrever a secundar una huelga con la que están poniendo en peligro la alimentación de sus hijos? Y lo otro: ¿cuántos trabajadores, deseando secundarla, no pueden, aun siendo su derecho, porque tienen miedo de ser despedidos?

Las estadísticas, como siempre, mentirán. La verdad está en los casos individuales. Por ellos.

domingo, 4 de noviembre de 2012

No pumpkin

Pumpin es una de las nuevas palabras del pequeño James. Nos alegró mucho que empezara a utilizarla en las inmediaciones de la noche de Haloween, cuando la calabaza que habíamos comprado se iba convirtiendo parte en sopa, parte en pastel, parte en cabeza: Pamping face. Lo que pasaba era que utilizaba la palabra pumpkin en los lugares menos esperados. Solía decir "no pumpkin", y no lo entendíamos, al pobre. Sólo nos reíamos. Hasta que paseando por el barrio de pescadores de Tarragona se agachó para abrir una verja cerrada de un local comercial, y no pudiendo abrirla me dijo "no pumpkin". Salté de alegría y corrí a decirle a Emma que ya comprendía lo que el pequeño James estaba diciendo: "no pumpkin" significaba "no puedo". Todavía nos estamos riendo.

lunes, 29 de octubre de 2012

El frío

Hace frío. Esta segunda madrugada de hielo sobre los coches me hace recordar al hielo de las noches de Londres, inevitablemente. El raspar de los cristales y el encender el coche diez minutos antes de que Emma y Alexander comiencen su viaje cotidiano al colegio que siguen compartiendo, ahora el British Council, antes un centro educativo de niños pobres y maltratados por la desgracia de sus progenitores.

Ahora soy yo quien tiene desgracias infantiles, abandonos, pobreza extrema de padres en paro e inmigrantes que no saben si volver a sus países o esperar un poco más a ver si la situación mejora, aunque las cifras dicen que no. Las cifras son tan terribles como las vidas individuales. La madre de S., sin embargo, está contenta. Han logrado llegar a un acuerdo con el banco, que se queda el piso hipotecado. Ellos se marchan, con lo que quepa en el coche, a Devon, donde ya hay familia, y donde, por lo visto, en la megafonía de los supermercados se solicita mano de obra. Lo mismo que aquí, me dice, con sorna.

Algún profesor con la mujer en paro ya no pudo poner la calefacción en todo el invierno pasado. Se abrigaban como podían, con capas de cebolla. Este invierno, sin embargo, dicen que será duro. Sobre todo para aquellos que no puedan poner la calefacción, o peor aún, los que se queden sin casa, sin cama, sin mantas, desahuciados como leprosos, apartados de la sociedad a la que hace tan poco pertenecían con orgullo. ¿Nos queda tan solo esperar a ver cuándo nos toca a nosotros?

domingo, 21 de octubre de 2012

Lo que tiene vivir

Al menos, al vivir en un pueblo de la sierra de Madrid, puedo salir a correr las mañanas del fin de semana e internarme en el campo después de cinco minutos. Yo voy corriendo por los campos, entre las vacas, o por las cañadas reales, doliéndome las piernas, y en esa soledad poblada de palomas y conejos corriendo asustados hacia las zarzas, entre el estrépito de los petirrojos, me siento vivo y me gusta vivir. Que no es poco en estos tiempos que corren. Esta mañana, al volver trotando entre el fresnedal de la dehesa, he recogido unas ramitas de una mata de tomillo. Ahora, la cocina entera huele a campo.


miércoles, 17 de octubre de 2012

La depresión

Mi amiga Ana, a la que quiero mucho, me dice que no hay lugar para depresiones ahora, que la depresión es un lujo que no podemos permitirnos. Seguramente tiene razón, pero no hay día que yo no piense que nos hemos equivocado volviendo a este país que va de mal en peor. De hecho, ya estamos mirando posibilidades de volver a irnos para no volver en una temporada bien larga. Tal vez nunca, quién sabe.

Llevo 20 años siendo funcionario y es la primera vez que estoy claramente convencido de que mi trabajo no tiene futuro: para mi familia, porque los gobiernos van a seguir recortando mi sueldo, sobre todo después de que se produzca el famoso rescate, que por cierto está al caer; para mis alumnos, porque cada vez hay menos recursos y menos personal para atender todas las desigualdades que la misma crisis está acentuando día a día.

La depresión es un lujo pero yo no puedo hacer nada por dejar de dármelo. Cada día me da miedo abrir la página virtual de los periódicos. Cada viernes tengo miedo de las decisiones del consejo de ministros. Cada fin de mes tengo miedo de los días que va a durar mi sueldo: si al 10 o al 12 del mes siguiente.

Hoy una marejada de inmigrantes ilegales intenta pasar la frontera de Melilla. Mientras, otra marejada no deja de irse de España. Tengo la impresión de que si no nos vamos pronto, nos vamos a quedar atrapados aquí. Y eso me da más miedo.


domingo, 14 de octubre de 2012

Córdoba

El fin de semana pasado estuve en Córdoba. Fui solo, a ver a mi madre, que tiene un hueso de la pierna atornillado con metales y tornillos. "No traigas a los niños, no quiero que me vean así".

Desde la glorieta del Mesón del Conde, donde paré a tomar una cerveza fría al volver de visitar a mi abuela, miré todas esas cosas que no estaban cuando llegué a la ciudad, hace casi cuarenta años ya. Por ejemplo, la fuente y los jardines detrás del colegio Fernán Pérez de Oliva, o el mismo colegio, que vi construir poco a poco, subir hacia arriba con esos bloques de construcción semiprefabricada, cada día que iba a mi colegio Calderón de la Barca, ahora convertido en centro "chico" de Secundaria, esto es, un centro en el que se imparte 1º y 2º de ESO, creo.

Todo lo nuevo estaba también muy limpio en mi recuerdo. Pasaban barrenderos y barrenderas hacendosas diariamente llevándose en sus bolsas de plástico colillas y bolsas vacías y restos de cáscaras de pipas de girasol. Pero ahora ya no, la crisis ha traído recortes en personal y ahora la limpieza organizada por el ayuntamiento solo llega para barrer las calles turísticas, de manera que cuando el autobús que me llevaba desde la Estación de Córdoba hasta el barrio del Santuario, adonde viven mis padres, el paisaje que veía a través de la sucia ventanilla se hacía poco a poco más sórdido, con los rincones de los edificios llenos de las primeras hojas caídas del otoño con papeles, bolsas de plástico, bolsas de patatas fritas y de pipas de girasol y de paquetes de tabaco pisoteados y vacíos. De manera que yo miraba toda esa construcción de jardines y colegios que se había ido haciendo a medida que yo crecía desde la sucia terraza del Mesón del Conde, que albergaba en la barra unos cuantos borrachos al borde de la violencia, y no eran todavía las siete de la tarde, y me di cuenta de que de alguna manera, la Córdoba que yo ahora veo, a pesar de la novedad de las autopistas y las nuevas barriadas y los nuevos parques, se parece mucho a la que yo recuerdo del año 1975: hay demasiada gente rebuscando en la basura y pidiendo por las calles, y hay muchos bares sucios que uno sabe están a punto de cerrar.

sábado, 6 de octubre de 2012

Cambio de opinión

Voy a cambiar de opinión y voy a seguir con el blog, es el único sitio que tengo para entrar en contacto conmigo mismo y hablar de lo que me pasa. Últimamente me he dado cuenta de que me estoy volviendo loco, así que creo que retomar el blog será una manera de volverme a la realidad, una realidad relacionada con el estar bien, en paz con mis semejantes aunque en guerra con mis entrañas, que diría nuestro querido Antonio Machado. Pues eso, vuelvo a las andadas, o bien vuelvo a dejar constancia de lo que me pasa, que es seguir dejando constancia de mi paso por este mundo.

jueves, 6 de septiembre de 2012

The End

Terminó. Ya no hay más. Empecé el blog en un lugar que se parece poco a este donde ahora vivimos, en la Sierra de Madrid. Cuando me acuerdo de los Escritos Mínimos me lleno más de sopor o de culpa que de ganas de escribir una nueva entrada sobre mis nuevas vivencias o nuevos descubrimientos en un lugar hermoso pero también duro, porque España es muy dura, y los pueblos de España más, da igual dónde mires, si en el Norte o en el Sur o en el Centro. La dureza de España se puede entender si uno la compara a la dureza de su historia. Así que antes de ponerme a lamentarme en cada entrada, a lamentarme por España,  por lo que puede ser y no es, por lo que es, antes de eso, cerraré los Escritos Mínimos. Comenzaré otros, pero no ahora. Ahora sólo tengo ganas de llorar. Sobre todo porque a veces pongo la tele en horario infantil y entonces tengo que apagarla, no por mis ganas de vomitar sino porque los niños miran incrédulos. Sobre todo porque a veces uno oye las declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que en otra vida fue ministra de cultura.

Pues eso.

The End.

viernes, 17 de agosto de 2012

La nueva casa

Tenía yo muchas dudas con la casa, era la última que vi y no sabía si me confundía un poco la familiaridad que iban a tener mis hijos con la casa antigua, añadido el regalo de una puerta al final del jardín que da a un jardín aún mayor que da camino sobre el césped a las piscinas y a las canchas de tenis que Alexander está empezando a utilizar. Collado Mediano es un pueblo apartado del fragor calenturiento de Madrid y a un pie de Collado Villalba, que guarda el sopor mercurino de Madrid en los agostos acosados por las olas de calor.  A James le encanta abrir el grifo de la manguera y la gata Candle ya tiene su gatera en el cristal. Ya hemos conocido al veterinario y a un americano maravilloso que se llama Eduardo y se dedica a cuidar perros y gatos cuando los dueños están fuera. El domingo, una vez que la mayor parte de las cajas están vacías, nos iremos a pasar cinco días a Cádiz. Para reconciliarnos con España, a la que llego, por cierto, con ese síndrome extraño que se llama choque cultural. La Playa de los Alemanes, en Zahara de los Atunes, hará una labor, espero, de sosegamiento que no podemos tener ahora, porque cada vez que nos despertamos, al abrir los ojos, nos encontramos con tantas cosas que hacer.

Paul Davey, mi suegro biológico, murió la última noche que dormíamos en nuestra casa de Londres. Lógicas poéticas de la vida, supongo. Al final de su vida lo quisimos tanto que no tenemos más remedio que pensar que también fue bueno, que no solo fue malo. Que fue un ser humano. Con sus luces y sus sombras. Como todos. Buen viaje, south londoner.

sábado, 28 de julio de 2012

La despedida

Hoy es domingo, son las seis de la mañana, me he despertado hace un rato para terminar de realizar la evaluación de uno de los módulos del máster. Afuera, aunque es de día, está todo silencioso y quieto como cuando es de noche y es invierno. Se me ocurre que ahora, cuando termine de escribir y comience a tender la ropa lavada, lo haré por penúltima vez.

Ahora, muchas cosas de las que hago las hago por última vez. Alexander va hoy a su última clase de golf con Steve, ese profesor-niño magnífico y gordo que un día, hace mucho tiempo, fue profesional. El martes llega el camión de la mudanza y todo se irá yendo poco a poco hasta quedarnos con las paredes vacías y supongo con nuestras voces resonando tristemente en los huecos que deja la ausencia de nuestras pertenencias.

La excitación de la nueva vida que nos espera, que emprendemos, no puede borrar la amargura del abuelo Paul Davey, que se está muriendo cada día en su habitación de St Christopher Hospice, al lado del precioso jardín victoriano de Crystal Palace.

Es posible que esta sea la última entrada que hago desde esta casa en la que hemos sido también felices un poco, que ha visto llegar al pequeño James cuando era tan solo una cosita minúscula a la que Alexander miraba con mucha aprensión.

Adiós.

jueves, 19 de julio de 2012

La muerte

Hace un año Emma encontró a su padre biológico. Vivió toda su vida con el fantasma de su existencia. Cuando nos conocimos, hace ya... doce años, lo que me emocionó de ella fue su discurso. El discurso que hacía de su vida. Alguien dijo que la esencia de un cuerpo humano era su discurso. Yo diría que es el discurso que hace de su propia vida. Lo que uno cuenta de su vida y cómo lo cuenta es el cuerpo que uno tiene delante, y uno lo desea en función de la profundidad con que ese cuerpo es capaz de enfrentarse con sus fantasmas.

Muchas veces, a lo largo de nuestra vida en común, encontré a Emma buscando en internet a su padre. Y hace un año, cuando lo encontró, parecía que se había completado un círculo, pero era falso. La relación con su padre fue distante. Estaba sin estar, estaba como ausente. Una de las cosas que le dijo de Alexander fue que le encantaba pescar, y él le respondió que él era un gran pescador, que le encantaría pasar un día de pesca con la familia.

El día llegó, pero no pescamos nada. Paul se dedicó a observar, apenas quería lanzar la caña en busca de los lucios que nosotros ansiábamos. Cuando lo ví lanzar lo hacía con un cuidado y una inexperiencia a la que no di importancia, lo importante era que estábamos juntos, que a Alexander se le enganchaba el cebo en las ramas de los árboles y él iba cuidadoso y atento a desenganchar los anzuelos de las ramas.

Emma se enfadó con él. Yo también un poco. Era un hombre distante al que parecía no importarle el haber conocido a unos nietos que le llegaron de pronto con una hija a la que no esperaba ver nunca más desde el día en que su madre se la llevó a Jersey. Me dijo que no lo iba a llamar más, que estaba harta, y yo le dí la razón.

Cuando Emma, con ocho meses, salió de Croydon en brazos de su madre para no volver hasta cuarenta años después, Paul se encontró con otra mujer con la que tuvo otro hijo de nombre Mark. Su segunda mujer, con la que no se casó, era heroinómana. Mark, con veintiún años, hace veintiún años, murió de una sobredosis. Otros hablan de un suicidio. Da igual. La segunda vez que Emma se encuentra con Paul le pide ir a visitar la tumba de su hermano. Paul le dice que nunca ha vuelto desde el día del entierro. Y allí van, con mi hijo James, a visitar la tumba de un pobre niño que no tuvo infancia o que no tuvo madre y a quien nos hubiese gustado mucho conocer. Mark.

Hace cinco semanas alguien llamó para decir que Paul estaba ingresado en el hospital May Day. No se llama así, así se llama la calle donde está el hospital, en Croydon. Un hospital terrible, enorme, lleno de enfermos abandonados y de enfermeras a las que les da igual el estado de los pacientes. Fue transferido a otro hospital, el St. George´s Hospital, donde le han encontrado una metástasis de un antiguo cáncer de colon además de una infección de un virus sin cura denominado JC. En poco tiempo, Paul ha pasado de contestar a preguntas a repetir palabras. Las últimas palabras de una frase que uno le dice. Los médicos, después de una biopsia cerebral, han diagnosticado lo peor: una muerte segura en un plazo muy corto.

Con la enfermedad han llegado los amigos. Uno de ellos, el mejor de todos, que se llama Ginger o le dicen Ginger, vaya usted a saber, le contó a Emma que un día le llamó Paul muy nervioso y le dijo: "Ginger, me tienes que contar todo lo que sepas sobre pesca, tengo que llevar a mi nieto a pescar y no tengo ni puta idea". Y así vamos teniendo la otra imagen de un hombre silencioso y distante que tal vez, porque había perdido un hijo, porque en su juventud había perdido una hija y no se atrevió a reclamarla, por tantas cosas, se sentía avergonzado. De lo que nos vamos enterando, ya sin remedio, es de que sus amigos lo quieren mucho, y que a sus amigos les contó muchas veces su historia. Una pena que nos enteremos de esto ahora, cuando su viaje no tiene retorno.

domingo, 15 de julio de 2012

Madrid

Madrid tiene algo de provinciano que nunca antes había percibido, pero al mismo tiempo también tiene ese aspecto de cosmopolitismo que caracteriza a las grandes ciudades. Madrid tiene, en sus calles limpias del centro, en especial la calle de Felipe V, la plaza de Oriente, incluso Bailén mirando a los jardines de Sabatini, una tranquila alegría de vivir que está muy ajena a lo que mis amigos de la calle Cadarso me dijeron luego: lo que al día siguiente anunció el presidente del gobierno, que nos quedábamos sin paga extra de navidad, que subía el IVA, etc. Siempre me ha gustado enterarme de las cosas un poco antes que los demás, pero esta no me gustó e incluso la puse en duda. Me dijeron: no te pierdas el consejo de ministros del próximo viernes. Pero el presidente no llegó al viernes. Lo soltó antes.

Al salir era tarde, demasiado tarde para mis costumbres de granjero que se va a la cama con el sol y se despierta con el mismo, que ya es decir en un país en el que amanece a las cuatro de la mañana en julio. Mi intención era subir por Bailén en busca del metro de Ópera, pasar de nuevo por la fachada del Palacio Real, pero se me fueron los ojos tras las sirenas y luces azules de la policía y el amontonamiento de la gente en la Plaza de España, a la altura del metro, con lo que me dirigí hacia allí con un interés algo distante. Tardé un poco en comprender que toda aquella gente esperaba a los mineros, a todos esos de los que se llevaba hablando en los periódicos muchos días, los que habíamos visto en la BBC lanzando cohetes contra una policía que ahora los escoltaba, qué curioso.

Venían muy despacio por Princesa, y yo me encontraba muy cansado. Al subir por la calle Leganitos vi desde la altura la lejanía de los mineros y pensé que no merecía la pena esperar más de una hora, así que decidí pasear por Gran Vía hasta Callao. Era media noche pero había tanta gente que apenas se podía avanzar, gente que paseaba en ambas direcciones, niños llorando o cogidos de la mano de sus padres, niños dormidos en sus carritos, parejas agarradas como si quisieran ir en un solo cuerpo compartido bajo los veinte grados de una noche de verano. Eso era la Gran Vía, pensé, como el paseo marítimo de una ciudad costera. Por eso tal vez no caminaba yo tranquilo, no con esa tranquilidad que lo hago por Londres, sabiendo de antemano que no voy a encontrar a nadie conocido. Sea que estoy demasiado acostumbrado a oír conversaciones callejeras en inglés, oyéndolas por las calles de Madrid se me ocurría que cada persona que hablaba me iba a conocer, así que por eso caminaba yo como en el pueblo, mirando los rostros e imaginando en cada uno los rastros de una emigración pasada y antigua, pero ahora que escribo me doy cuenta de eso, de que ese algo de provinciano que tiene Madrid no lo tiene Madrid, lo tenemos nosotros, los que hacemos Madrid, aunque sea por unos días.

jueves, 5 de julio de 2012

Classic breakfast

Como había recogido todo y no tenía reunión, ayer me quedé en casa. Fui paseando al pueblo con James por la mañana, despacio, mirándolo todo como si fuera la última vez. Los coches, los autobuses rojos de doble planta, las ardillas saltando entre los árboles, las palomas torcaces dentro del supermercado... Compré la licuadora a las nueve cuarenta y cinco. Salí de la tienda y comencé a caminar sin rumbo por High Street cuando me acordé que debía liberar el móvil, pues voy a España dentro de tres días. Miré hacia atrás, por la acera de enfrente y leí el rótulo luminoso "ALL MOBILES UNLOCKED", de manera que busqué un paso de cebra para cruzar la calle. Tuve que caminar hacia atrás otra vez, pasar frente a la tienda en la que había comprado la licuadora, decirle adiós con la cabeza al muchacho amable que me había atendido y que ahora se fumaba un cigarrillo en la calle, para cruzarla con seguridad. Miré el móvil y eran las nueve y cincuenta y dos. Ahora, del otro lado, tenía que caminar en dirección contraria. Vi el pub, que tenía las puertas abiertas. Un anuncio decía: "CLASSIC BREAKFAST 2.99". Era demasiado temprano, pero miré, incrédulo, hacia adentro. Un vaho de alcohol salía hacia afuera por las puertas abiertas como un vómito. Y los vi, allí estaban, sentados, mayores, con sus pintas de cerveza viajando lentamente desde las mesas a sus bocas.

Ahora son las cinco y media de la mañana, aunque el horario del blog sea las ocho de la tarde de ayer. Es como estar escribiendo en el pasado, como si el presente fuera la memoria. Eso decía Paul Auster en The invenction of solitude, "la memoria es ese lugar donde las cosas ocurren por segunda vez", traduzco de memoria.

Hoy, por tanto, no ayer, iré por última vez al trabajo de Portobello Road. Más allá de mi tristeza, y que tiene que ver con mi sorpresa de ayer por la mañana, paseando por High Street con James y ver los bebedores mañaneros, es la pregunta que siempre me he hecho cuando paso por Westbourne Park Road. Hay un pub que a las ocho de la mañana tiene sus puertas abiertas, y nunca he sabido si estaban abriendo o estaban cerrando. Ahora lo sé. Hay pubs que abren a las nueve. Classic breakfast 2.99: una pinta de cerveza.

lunes, 2 de julio de 2012

Zorros

Los gritos de los zorros a media noche, llamando a los cachorros, como anoche, será algo que eche de menos en España. También los zorros pasando a tu lado mientras llegas a casa o sales por la mañana hacia la estación de tren, las negras y frías mañanas de invierno. Zorros de pelaje brillante y mirada inteligente entre dos automóviles aparcados. Zorros abriendo con los dientes las bolsas de basura de los vecinos más olvidadizos: se encontrarán a la mañana en la puerta de sus casas la intimidad de su basura esparcida por la calle, los pañales de los bebés, los paquetes consumidos de comida rápida, los condones...

sábado, 30 de junio de 2012

La última semana

Hoy es domingo, aunque para este blog sea sábado debido a esas decisiones que uno hace al principio, en los momentos de las configuraciones, de modo que el horario del blog seguramente es un horario americano de California, y yo, como casi siempre, estoy despierto a la seis de la mañana, cuando allí están cenando o tomando las copas del sábado noche.

Mañana será el último lunes que vaya a trabajar al colegio español, y esta será la última semana, y compraré el último tíquet semanal de tren. Me acuerdo que es septiembre viajé el primer día en bicicleta desde la estación de Victoria con la sensación triste de estar haciéndolo por última vez, porque era el último septiembre de mi estancia en Londres, y entonces ponía yo más tristeza o más sentimiento que ahora, que casi tengo ganas de que todo acabe, de que hayan venido los hombres de la mudanza, de que estemos ya viviendo en Collado Mediano, de que todo esté en su sitio, los niños matriculados en sus respectivas escuelas... Porque hasta enconces aún queda un trecho largo y cansado. Dentro de una semana estaré en España. Dentro de un mes estarán los señores de la mudanza. Dentro de dos meses estaremos a punto de comenzar el nuevo curso. Y esta casa que es ahora tan familiar, será una casa extraña, lejana y ajena.

miércoles, 20 de junio de 2012

Los ausentes

A veces los ausentes son más importantes que los presentes, dejando a estos últimos con una tristeza de seres abandonados. Los que se murieron, a veces, son más importantes que los que están delante, los que te cortan las uñas, los que te traen galletas a la cama de convaleciente. Los ausentes son una pantalla opaca detrás de la cual están los que te miran, pero tú no puedes verlos.

domingo, 17 de junio de 2012

Sin leer

Llevo bastante tiempo sin leer, y eso se me nota en el cuerpo. No palabras o textos, sino leer, lo que es leer a gusto un libro, sentarse uno tranquilo con un par de horas por delante. Un par de horas por delante... Llevo bastante tiempo sin leer, y eso se me nota en el cuerpo.

sábado, 16 de junio de 2012

Árboles

Cuando llegamos a esta casa lo primero que hicimos fue plantar dos árboles, uno de ellos un pino enano del norte, de crecimiento lento, y el otro... Bueno, el otro árbol no sé cómo se llama, lo encontré en la primera casa de alquiler donde vivimos en Inglaterra, en la casa de Shelley Close. El anterior dueño había instalado un curioso sistema para recoger el agua de la lluvia del tejado de la casa y del garaje, y esta iba a parar a un bidón. Si queríamos regar, siempre teníamos agua a disposición en aquel bidón de color verde. Un día me fijé y vi que salía de dentro una rama. Era una ramita en la que despuntaban las primeras hijas de la primavera, así que tiré de ella y descubrí que al final de la misma colgaban unas raíces. Incomprensiblemente, aquel ser vivo había podido nacer y crecer en un entorno acuático, sin tierra. Me quedé mirando aquella rama y me dio pena, así que la metí en una maceta.

Cuando llegamos a Maxwell Gardens planté el arbolito, cuyo nombre desconozco, aunque lo he buscado incesantemente, al fondo del jardín. Ahora, cinco años después, cuando es momento de irnos, tiene seis metros de altura. Le tengo cariño yo a este árbol sin nombre que se llena de flores blancas en primavera. Le tengo el mismo cariño que se le puede tener a un chucho callejero que uno adoptara y salvara de la mala vida de la calle y de las noches sin caricias.

El otro día vino una mujer a ver la casa (sigue en venta) y hablaba, como para sí, de cortar los árboles. Alexander puso cara de espanto y, una vez solos, hizo un discurso en inglés sobre los árboles que tenía que haber escrito. No creo que le vendamos la casa a esta arboricida, de todas formas.


viernes, 8 de junio de 2012

Uno aprende

Uno aprende viviendo y equivocándose: uno aprende haciendo, de la práctica, viviendo, creando, tomando decisiones. Muchos escritores tuvieron que decir, una vez terminada la universidad o los doctorados, que la mejor escuela fue la calle. Hombre, la calle la calle no, es un decir, un poner, que diría mi abuela: la calle significa lo manipulativo y lo implicativo, lo que es real, de donde uno aprende, vaya.

Sin embargo todavía hay mucho profesor que piensa que aprender, lo que es aprender, es aprender de memoria. También repitiendo. Repitiendo muchas veces la misma cosa: por ejemplo multiplicaciones o divisiones, mapas, frases ridículas.

Yo he oído a este profesor decir que el sistema español, por contraposición al sistema británico de enseñanza, es mucho mejor, sin comparación. Los niños ingleses no aprenden las tablas de multiplicar, no llevan cientos de horas de tareas para casa cada día, y solo hacen proyectitos de investigación sobre romanos o sajones, y se visten de griegos cada dos por tres, y llevan comidas del mundo a los colegios, y andan siempre tonteando.

Y así, tonteando tonteando, la comparación de los dos sistemas queda como sigue:

Nobel de física: España 0, Reino Unido 21,5.
Nobel de química: España 0, Reino Unido 25.
Nobel de medicina: España 1,5, Reino Unido 28.
Nobel de economia: España 0, Reino Unido 6.
Literatura: España 6, Reino Unido 11.