jueves, 28 de febrero de 2013
Manuel José García Caparrós
A mí hay performances de Antonio Banderas que me gustan y otras que no me gustan, pero la del día 28 de febrero en Sevilla me ha emocionado. Tanto tiempo viviendo lejos o por ahí se me olvida el andaluz o el malagueño de adopción que soy. Cuánta significación tiene a veces un disparo.
sábado, 9 de febrero de 2013
Los placeres simples
Sábado. Limpiar la casa, que Alexander vaya a la clase de tenis (ya va solo al polideportivo municipal), hacer una paella de pollo y de costillas de cerdo, tomarnos un rioja de reserva comprado en el Día, ver pasar la tarde a James jugando en el jardín, después de varios días enfermo. Los placeres simples a veces nos reconcilian a uno con la vida, a pesar de tantas cosas. La tarde es soleada en la Sierra de Madrid, aunque hace frío. Mañana nos espera una nueva tormenta de nieve y viento, pero mientras tanto tenemos la impresión vaga de ser felices, aunque dure poco.
viernes, 1 de febrero de 2013
Más razones para irse y no volver en mucho tiempo
Yo, como no tengo palabras para lo que está pasando, pues casi que me tomo lo que está pasando como empujones para marcharse uno de este país y casi no tener más lazos con él salvo los necesarios. El gélido estado de Wisconsin y su ciudad más representativa, Madison, me parecen un paraíso terrenal al lado de este caos que ha producido el caso Bárcenas. La realidad supera a la ficción. ¿Alguien se imaginaba esto?
sábado, 19 de enero de 2013
La nueva huida
Feliz año nuevo. Me sentía yo culpable de no escribir, pero entre las entregas del proyecto de final de máster y las tonterías de nuestro nuevo proyecto de irnos de este país de locos me han mantenido fuera de los blogs. De todos. Sólo he seguido con mucha atención las historias de Bárcenas.
A mí me gustaría tener 22 millones en unas cuentas suizas y tener que pagar cierto dinerillo a Hacienda por lo que se me olvidó declarar. También me gustaría ser como esos políticos catalanes que después de veinte años pueden pedir perdón y devolver el dinero que robaron un día del que iba destinado a la formación de los parados, aunque no fuera para ellos, sino para el partido. Pero qué demonios es un partido político sino una serie de personas que se reparten el dinero que tiene el partido, véase Bárcenas(2013)... Quizá me equivoco. Pero no me equivoco en cierta certeza: no me gusta el país del que tengo la nacionalidad. No me gusta España (¿debería escribir Ejpaña?).
El viernes dejé en el Registro de la Consejería de Educación la solicitud para participar en el programa de profesores visitantes, destino Wisconsin. Ojalá tengamos suerte y nos vayamos de esta pocilga.
A mí me gustaría tener 22 millones en unas cuentas suizas y tener que pagar cierto dinerillo a Hacienda por lo que se me olvidó declarar. También me gustaría ser como esos políticos catalanes que después de veinte años pueden pedir perdón y devolver el dinero que robaron un día del que iba destinado a la formación de los parados, aunque no fuera para ellos, sino para el partido. Pero qué demonios es un partido político sino una serie de personas que se reparten el dinero que tiene el partido, véase Bárcenas(2013)... Quizá me equivoco. Pero no me equivoco en cierta certeza: no me gusta el país del que tengo la nacionalidad. No me gusta España (¿debería escribir Ejpaña?).
El viernes dejé en el Registro de la Consejería de Educación la solicitud para participar en el programa de profesores visitantes, destino Wisconsin. Ojalá tengamos suerte y nos vayamos de esta pocilga.
viernes, 21 de diciembre de 2012
El fin del mundo
El fin del mundo ocurre cada vez que una familia se queda sin casa y la madre se tira por el balcón. O cada vez que un loco entra en una escuela infantil armado con unas cuantas armas legales y mata a 20 niños. O cuando uno sale del hospital con un diagnóstico terminal, teniendo que pensar si pasa el laberinto vomitivo de la quimioterapia o prefiere morir como toda la vida, muriendo y ya está. El fin del mundo ocurre cada vez que el mundo se acaba para alguien, y el mundo puede acabar para una madre cuando pierde a su hijo, o para un hijo cuando pierde a su madre, o...
En el día del fin del mundo yo prefiero acordarme de todas las personas que están perdiendo libertades conseguidas durante muchos años, acordarme de tantos seres inútiles cuya simple ascendencia familiar les hace tener un puesto gerente en multinacionales de gran renombre, acordarme de tantas personas sin casa, que deambulan diariamente por las ciudades europeas buscando el asilo de un techo circunstancial para pasar la noche y resguardarse de la nieve, cuyo error fue confiar en su puesto de trabajo, acordarme de nuestra amiga S., cuya casa se va a subastar en febrero de 2013 y cuyo resultado no va a ser a devolver, sino a pagar 50.000 euros que no tiene ni va a tener nunca.
En el día del fin del mundo yo prefiero acordarme de todas las personas que están perdiendo libertades conseguidas durante muchos años, acordarme de tantos seres inútiles cuya simple ascendencia familiar les hace tener un puesto gerente en multinacionales de gran renombre, acordarme de tantas personas sin casa, que deambulan diariamente por las ciudades europeas buscando el asilo de un techo circunstancial para pasar la noche y resguardarse de la nieve, cuyo error fue confiar en su puesto de trabajo, acordarme de nuestra amiga S., cuya casa se va a subastar en febrero de 2013 y cuyo resultado no va a ser a devolver, sino a pagar 50.000 euros que no tiene ni va a tener nunca.
viernes, 14 de diciembre de 2012
Uno se muere de pronto
Lo olvido siempre: que uno se muere de pronto, sin apenas esperarlo, y la muerte no entiende de hijos pequeños o de facturas sin pagar o de hipotecas o de familias perdidas en un limbo o un estado de shock que a veces dura todo el resto de la vida de los que quedan vivos, porque los vivos siempre nos olvidamos de que vivir es algo que se tiene durante un tiempo que uno nunca sabe cuándo va a durar, si un día o unos años o unos decenios.
Mi alumna N., de diez años, se ha quedado de pronto sin padre. Y ha vuelto a clase, dos días después, en perfecto estado de shock. ¿Cómo estás?: bien. ¿Y mamá, cómo está?: bien. (La mamá está con orfidal, ¿quién no está bien con orfidal?).
Mi compañera I. tuvo el fin de semana a su hermano y a su cuñada, cuarentones, llenos de vida. Ella tenía unas manchitas en la piel, pero estaba tomando un medicamento cuyos efectos secundarios eran manchas en la piel. Durante la semana, cuando volvieron a Segovia, se sintió mal. Fue al hospital y el diagnóstico, leucemia, tardío, sólo le dio para un día más de vida.
En estas mismas fechas en las que se acerca la navidad y queremos estar juntos, en familia, un niño de Cenicientos tuvo un ataque de asma jugando al fútbol en la calle y se murió en el helicóptero que lo llevaba a un hospital de Madrid. En otro diciembre de otro año, un niño inglés de Málaga bajaba una calle con su monopatín cuando un coche lo mató de inmediato.
Lo olvido siempre: uno se muere de pronto, y lo que deja, cuando eso ocurre a destiempo, es un desastre de vivos que no son capaces de encontrar un sentido, un sendero, nada. Sólo pastillas.
Mi alumna N., de diez años, se ha quedado de pronto sin padre. Y ha vuelto a clase, dos días después, en perfecto estado de shock. ¿Cómo estás?: bien. ¿Y mamá, cómo está?: bien. (La mamá está con orfidal, ¿quién no está bien con orfidal?).
Mi compañera I. tuvo el fin de semana a su hermano y a su cuñada, cuarentones, llenos de vida. Ella tenía unas manchitas en la piel, pero estaba tomando un medicamento cuyos efectos secundarios eran manchas en la piel. Durante la semana, cuando volvieron a Segovia, se sintió mal. Fue al hospital y el diagnóstico, leucemia, tardío, sólo le dio para un día más de vida.
En estas mismas fechas en las que se acerca la navidad y queremos estar juntos, en familia, un niño de Cenicientos tuvo un ataque de asma jugando al fútbol en la calle y se murió en el helicóptero que lo llevaba a un hospital de Madrid. En otro diciembre de otro año, un niño inglés de Málaga bajaba una calle con su monopatín cuando un coche lo mató de inmediato.
Lo olvido siempre: uno se muere de pronto, y lo que deja, cuando eso ocurre a destiempo, es un desastre de vivos que no son capaces de encontrar un sentido, un sendero, nada. Sólo pastillas.
martes, 11 de diciembre de 2012
Otros funcionarios
Otros funcionarios son diferentes. Te cuentan su vida, por ejemplo, o tienen el don de la empatía, algo que uno solo espera de algunos psicoanalistas en estos tiempos, la verdad sea dicha, porque en estos tiempos de dureza no se espera nada de nadie salvo el saqueo sin discriminación, como es el caso del ministerio de hacienda, que primero embarga y luego pregunta, aunque siempre culpando al embargado, porque el desconocimiento de la ley no exime su cumplimiento. Me acuerdo en estos casos del pobre cabrero que venía de la Sierra Nevada de su vida entera habiendo recogido unas matas de manzanilla para su mujer que le pararon unos civiles y le multaron con unos doce mil euros que nunca llegaría a tener. El pobre respondió que él toda la vida había hecho eso, mire usted. Y ellos le dijeron eso del eximir y del cumplimiento: o sea, que a pagar o a embargar.
Hay funcionarios diferentes, pero me gustaría a mí que los funcionarios diferentes fueran la norma, y que no tuviera uno que escribir sobre sus compañeros de infortunio, sobre todo en estos tiempos en que se nos niega la paga extraordinaria.
Hay funcionarios diferentes, pero me gustaría a mí que los funcionarios diferentes fueran la norma, y que no tuviera uno que escribir sobre sus compañeros de infortunio, sobre todo en estos tiempos en que se nos niega la paga extraordinaria.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Funcionarios
A nadie le gusta un funcionario de ventanilla, o de hacienda, que es lo mismo, un funcionario de sueldo bajo, sin paga extra, que te lo hace pasar fatal el rato que estás delante de él, no ya en una ventanilla, pero sí detrás de un mostrador o una mesa. Hay funcionarios buenos y hay otros insensibles al dolor ajeno. Abundan más los segundos, están muy acostumbrados a ver llorar a la gente que se queda sin vivienda, o se queda sin dinero, están muy acostumbrados a aplicar la normativa de manera estricta.
Lo peor es cuando uno se da cuenta de que las cosas funcionan de manera distinta con personas distintas. Lo que en la administración de hacienda de Vinateros era imposible de realizar "hasta dentro de una semana por lo menos", en Guzmán el Bueno era algo tan simple como dar a una ventana de la pantalla que dice "imprimir".
Hay funcionarios de mala cara que te llaman por teléfono para decirte que no pueden enviarte por correo postal lo que has solicitado porque la normativa dice que no se puede hacer. Hay funcionarios que cuesta imaginarlos en la cama, o durmiendo junto a otro ser humano, o criando a unos hijos, sobre todo porque uno piensa que ese tipo de seres debe ir condenándose a la extinción, pero se perpetúan de manera asombrosa y son capaces de adaptarse desde autarquías absolutas a democracias liberadoras. Son ese tipo de funcionarios los que, aplicando la normativa, no dudarían en meternos en unos campos de concentración en un futuro, o darle al botoncito que pone en funcionamiento el rociado de gas a las personas desnudas y amontonadas que esperan una ducha mirando con temor hacia el techo. Ojalá me equivoque.
Lo peor es cuando uno se da cuenta de que las cosas funcionan de manera distinta con personas distintas. Lo que en la administración de hacienda de Vinateros era imposible de realizar "hasta dentro de una semana por lo menos", en Guzmán el Bueno era algo tan simple como dar a una ventana de la pantalla que dice "imprimir".
Hay funcionarios de mala cara que te llaman por teléfono para decirte que no pueden enviarte por correo postal lo que has solicitado porque la normativa dice que no se puede hacer. Hay funcionarios que cuesta imaginarlos en la cama, o durmiendo junto a otro ser humano, o criando a unos hijos, sobre todo porque uno piensa que ese tipo de seres debe ir condenándose a la extinción, pero se perpetúan de manera asombrosa y son capaces de adaptarse desde autarquías absolutas a democracias liberadoras. Son ese tipo de funcionarios los que, aplicando la normativa, no dudarían en meternos en unos campos de concentración en un futuro, o darle al botoncito que pone en funcionamiento el rociado de gas a las personas desnudas y amontonadas que esperan una ducha mirando con temor hacia el techo. Ojalá me equivoque.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Tiempo sin tiempo
Tiempo sin tiempo es lo que necesitamos los que tenemos hijos pequeños. Aquí coincidimos todos, en contemplar una serie de horas por delante con la tranquilidad de no ser necesarios para otros, de no ser necesitados con la urgencia con la que nos requieren los hijos pequeños. A tanto nos acostumbran al requerimiento, que cuando llegan a adolescentes y no quieren saber nada de nosotros lo pasamos fatal: hasta la medicación. Yo siempre dispongo de un par de cajas de Myolastan, por si las moscas.
Total, que esta mañana, con las prisas de un domingo con una hora y media subí el cerro Monterredondo buscando níscalos imposibles, pues antes de mí vi las trazas de otros muchos que habían pasado antes, el sábado, supongo. Desde la cumbre la montaña de Navacerrada y el puerto de Cotos se ve de un modo espectacular y blanca, y a esa hora dominguera, cuando los únicos despiertos son los cazadores de la dehesa, que uno oye los disparos a medida que sube el cerro y suda a dos grados bajo cero, y las vacas, por cierto, o los toros, que no pastan, sino que siguen con la costumbre veraniega de comer hojas de chaparro, uno se siente indiscutiblemente único y agradecido, aunque no haya dormido apenas tres horas interrumpidas por vómitos y llantos y cambios de sábanas y de luces encendidas y de llantos y de nanas cuyas letras uno olvida al tiempo de terminar de cantarlas. Uno se siente dichoso y heroico con la única seta recogida en la cesta, porque uno ha llegado a la cumbre del cerro, y ahora tiene apenas veinte minutos para bajarla si quiere llegar a las diez a casa. Tiempo sin tiempo es lo que uno necesita cuando tiene niños pequeños. Tiempo para buscar las setas con atención y concentración y sin prisa. Que es como hay que vivir la vida.
Total, que esta mañana, con las prisas de un domingo con una hora y media subí el cerro Monterredondo buscando níscalos imposibles, pues antes de mí vi las trazas de otros muchos que habían pasado antes, el sábado, supongo. Desde la cumbre la montaña de Navacerrada y el puerto de Cotos se ve de un modo espectacular y blanca, y a esa hora dominguera, cuando los únicos despiertos son los cazadores de la dehesa, que uno oye los disparos a medida que sube el cerro y suda a dos grados bajo cero, y las vacas, por cierto, o los toros, que no pastan, sino que siguen con la costumbre veraniega de comer hojas de chaparro, uno se siente indiscutiblemente único y agradecido, aunque no haya dormido apenas tres horas interrumpidas por vómitos y llantos y cambios de sábanas y de luces encendidas y de llantos y de nanas cuyas letras uno olvida al tiempo de terminar de cantarlas. Uno se siente dichoso y heroico con la única seta recogida en la cesta, porque uno ha llegado a la cumbre del cerro, y ahora tiene apenas veinte minutos para bajarla si quiere llegar a las diez a casa. Tiempo sin tiempo es lo que uno necesita cuando tiene niños pequeños. Tiempo para buscar las setas con atención y concentración y sin prisa. Que es como hay que vivir la vida.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Los ciervos
Ya es la segunda vez que viajo entre semana en tren entre las estaciones de Pitis, en el Norte de Madrid, y Las Rozas, camino de Collado Mediano, pero sólo esta segunda me he percatado que nada más salir de la estación de Pitis, que se encuentra desolada en un paisaje de parcelas con farolas que no funcionan y con carreteras cortadas, como si en cualquier momento las empresas constructoras se vayan a poner manos a la obra, aunque uno sabe perfectamente que no, que eso no va a ocurrir próximamente, sino que ese paisaje que se ha vuelto común comienza a ser también una seña de identidad y un símbolo de lo que también somos: un país que no termina lo que emprende, y nada más dejar atrás ese espacio como de boceto, lleno de automóviles aparcados de cualquier manera en los solares y sobre los charcos de barro, uno se sumerje en los encinares de El Pardo, y al momento, si estás atento, ves los ciervos pastando en la hierba.
Mi mirada de asombro o de sorpresa es la única en el vagón de tren, donde todo el mundo va a lo suyo, navegando o escuchando música con el móvil, leyendo un libro (una muchacha lee con mucha atención un libro que se titula La enseñanza destruida), y nadie parece querer sacar la vista hacia afuera: la tierra se ha cubierto de una hierba preciosa, blanda, que al contraste con el sol hace apetecer tumbarse en ella, junto a los gamos que limpian sus cornamentas en las chaparreñas.
En Villalba, una vez atravesado el bosque de Torrelodones, viendo a la gente salir y entrar de los vagones de los trenes, me doy cuenta de que la mayoría de nosotros hemos abandonado lo rural hace mucho tiempo, y que somos urbanitas sin remedio, en un viaje que seguramente no tiene vuelta atrás, pues hemos perdido incluso lo innato del mirar, de lanzar la mirada hacia lo lejos, hacia los montes, e identificar la vida que se mueve y que se relaciona al margen de nosotros.
lunes, 12 de noviembre de 2012
Valentías individuales
Supongo que es fácil ampararse en la colectividad mayoritaria para reivindicar algo, algo que comienza a considerarse verdad, como por ejemplo en Tarragona, donde estuvimos el fin de semana pasado, con las ventanas de las casas de los pueblos llenas de banderas independentistas catalanas, o como pasa también en las manifestaciones grandilocuentes de los defensores de la familia tradicional y católica, que llevan niños y bebés a unos encuentros amparados por obispos y políticos de derecha o de extrema derecha que, algunos de ellos, están viviendo su homosexualidad encerrados en armarios.
Ante la convocatoria de huelga general las valentías individuales valen más que las estadísticas: las estadísticas siempre mienten, o al menos, ocultan información. Todo el mundo lo sabe, por eso los expertos de marketing estudian, sobre todo, estadística. Es curioso que las matemáticas, esa ciencia infalible, se haya convertido en una ciencia que encubre opiniones partidarias. Yo no tengo que ser valiente para hacer huelga, como soy funcionario solo tengo que hacer frente al descuento de sueldo pertinente. Emma, sin embargo, hará huelga en un sistema privado en el que la delegada sindical ya le ha informado de que si se suma a l huelga su puesto de trabajo peligra. ¿Cuánta gente valiente, en estos días de incertidumbre y de hambre, se van a atrever a secundar una huelga con la que están poniendo en peligro la alimentación de sus hijos? Y lo otro: ¿cuántos trabajadores, deseando secundarla, no pueden, aun siendo su derecho, porque tienen miedo de ser despedidos?
Las estadísticas, como siempre, mentirán. La verdad está en los casos individuales. Por ellos.
Ante la convocatoria de huelga general las valentías individuales valen más que las estadísticas: las estadísticas siempre mienten, o al menos, ocultan información. Todo el mundo lo sabe, por eso los expertos de marketing estudian, sobre todo, estadística. Es curioso que las matemáticas, esa ciencia infalible, se haya convertido en una ciencia que encubre opiniones partidarias. Yo no tengo que ser valiente para hacer huelga, como soy funcionario solo tengo que hacer frente al descuento de sueldo pertinente. Emma, sin embargo, hará huelga en un sistema privado en el que la delegada sindical ya le ha informado de que si se suma a l huelga su puesto de trabajo peligra. ¿Cuánta gente valiente, en estos días de incertidumbre y de hambre, se van a atrever a secundar una huelga con la que están poniendo en peligro la alimentación de sus hijos? Y lo otro: ¿cuántos trabajadores, deseando secundarla, no pueden, aun siendo su derecho, porque tienen miedo de ser despedidos?
Las estadísticas, como siempre, mentirán. La verdad está en los casos individuales. Por ellos.
domingo, 4 de noviembre de 2012
No pumpkin
Pumpin es una de las nuevas palabras del pequeño James. Nos alegró mucho que empezara a utilizarla en las inmediaciones de la noche de Haloween, cuando la calabaza que habíamos comprado se iba convirtiendo parte en sopa, parte en pastel, parte en cabeza: Pamping face. Lo que pasaba era que utilizaba la palabra pumpkin en los lugares menos esperados. Solía decir "no pumpkin", y no lo entendíamos, al pobre. Sólo nos reíamos. Hasta que paseando por el barrio de pescadores de Tarragona se agachó para abrir una verja cerrada de un local comercial, y no pudiendo abrirla me dijo "no pumpkin". Salté de alegría y corrí a decirle a Emma que ya comprendía lo que el pequeño James estaba diciendo: "no pumpkin" significaba "no puedo". Todavía nos estamos riendo.
lunes, 29 de octubre de 2012
El frío
Hace frío. Esta segunda madrugada de hielo sobre los coches me hace recordar al hielo de las noches de Londres, inevitablemente. El raspar de los cristales y el encender el coche diez minutos antes de que Emma y Alexander comiencen su viaje cotidiano al colegio que siguen compartiendo, ahora el British Council, antes un centro educativo de niños pobres y maltratados por la desgracia de sus progenitores.
Ahora soy yo quien tiene desgracias infantiles, abandonos, pobreza extrema de padres en paro e inmigrantes que no saben si volver a sus países o esperar un poco más a ver si la situación mejora, aunque las cifras dicen que no. Las cifras son tan terribles como las vidas individuales. La madre de S., sin embargo, está contenta. Han logrado llegar a un acuerdo con el banco, que se queda el piso hipotecado. Ellos se marchan, con lo que quepa en el coche, a Devon, donde ya hay familia, y donde, por lo visto, en la megafonía de los supermercados se solicita mano de obra. Lo mismo que aquí, me dice, con sorna.
Algún profesor con la mujer en paro ya no pudo poner la calefacción en todo el invierno pasado. Se abrigaban como podían, con capas de cebolla. Este invierno, sin embargo, dicen que será duro. Sobre todo para aquellos que no puedan poner la calefacción, o peor aún, los que se queden sin casa, sin cama, sin mantas, desahuciados como leprosos, apartados de la sociedad a la que hace tan poco pertenecían con orgullo. ¿Nos queda tan solo esperar a ver cuándo nos toca a nosotros?
Ahora soy yo quien tiene desgracias infantiles, abandonos, pobreza extrema de padres en paro e inmigrantes que no saben si volver a sus países o esperar un poco más a ver si la situación mejora, aunque las cifras dicen que no. Las cifras son tan terribles como las vidas individuales. La madre de S., sin embargo, está contenta. Han logrado llegar a un acuerdo con el banco, que se queda el piso hipotecado. Ellos se marchan, con lo que quepa en el coche, a Devon, donde ya hay familia, y donde, por lo visto, en la megafonía de los supermercados se solicita mano de obra. Lo mismo que aquí, me dice, con sorna.
Algún profesor con la mujer en paro ya no pudo poner la calefacción en todo el invierno pasado. Se abrigaban como podían, con capas de cebolla. Este invierno, sin embargo, dicen que será duro. Sobre todo para aquellos que no puedan poner la calefacción, o peor aún, los que se queden sin casa, sin cama, sin mantas, desahuciados como leprosos, apartados de la sociedad a la que hace tan poco pertenecían con orgullo. ¿Nos queda tan solo esperar a ver cuándo nos toca a nosotros?
domingo, 21 de octubre de 2012
Lo que tiene vivir
Al menos, al vivir en un pueblo de la sierra de Madrid, puedo salir a correr las mañanas del fin de semana e internarme en el campo después de cinco minutos. Yo voy corriendo por los campos, entre las vacas, o por las cañadas reales, doliéndome las piernas, y en esa soledad poblada de palomas y conejos corriendo asustados hacia las zarzas, entre el estrépito de los petirrojos, me siento vivo y me gusta vivir. Que no es poco en estos tiempos que corren. Esta mañana, al volver trotando entre el fresnedal de la dehesa, he recogido unas ramitas de una mata de tomillo. Ahora, la cocina entera huele a campo.
miércoles, 17 de octubre de 2012
La depresión
Mi amiga Ana, a la que quiero mucho, me dice que no hay lugar para depresiones ahora, que la depresión es un lujo que no podemos permitirnos. Seguramente tiene razón, pero no hay día que yo no piense que nos hemos equivocado volviendo a este país que va de mal en peor. De hecho, ya estamos mirando posibilidades de volver a irnos para no volver en una temporada bien larga. Tal vez nunca, quién sabe.
Llevo 20 años siendo funcionario y es la primera vez que estoy claramente convencido de que mi trabajo no tiene futuro: para mi familia, porque los gobiernos van a seguir recortando mi sueldo, sobre todo después de que se produzca el famoso rescate, que por cierto está al caer; para mis alumnos, porque cada vez hay menos recursos y menos personal para atender todas las desigualdades que la misma crisis está acentuando día a día.
La depresión es un lujo pero yo no puedo hacer nada por dejar de dármelo. Cada día me da miedo abrir la página virtual de los periódicos. Cada viernes tengo miedo de las decisiones del consejo de ministros. Cada fin de mes tengo miedo de los días que va a durar mi sueldo: si al 10 o al 12 del mes siguiente.
Hoy una marejada de inmigrantes ilegales intenta pasar la frontera de Melilla. Mientras, otra marejada no deja de irse de España. Tengo la impresión de que si no nos vamos pronto, nos vamos a quedar atrapados aquí. Y eso me da más miedo.
Llevo 20 años siendo funcionario y es la primera vez que estoy claramente convencido de que mi trabajo no tiene futuro: para mi familia, porque los gobiernos van a seguir recortando mi sueldo, sobre todo después de que se produzca el famoso rescate, que por cierto está al caer; para mis alumnos, porque cada vez hay menos recursos y menos personal para atender todas las desigualdades que la misma crisis está acentuando día a día.
La depresión es un lujo pero yo no puedo hacer nada por dejar de dármelo. Cada día me da miedo abrir la página virtual de los periódicos. Cada viernes tengo miedo de las decisiones del consejo de ministros. Cada fin de mes tengo miedo de los días que va a durar mi sueldo: si al 10 o al 12 del mes siguiente.
Hoy una marejada de inmigrantes ilegales intenta pasar la frontera de Melilla. Mientras, otra marejada no deja de irse de España. Tengo la impresión de que si no nos vamos pronto, nos vamos a quedar atrapados aquí. Y eso me da más miedo.
domingo, 14 de octubre de 2012
Córdoba
El fin de semana pasado estuve en Córdoba. Fui solo, a ver a mi madre, que tiene un hueso de la pierna atornillado con metales y tornillos. "No traigas a los niños, no quiero que me vean así".
Desde la glorieta del Mesón del Conde, donde paré a tomar una cerveza fría al volver de visitar a mi abuela, miré todas esas cosas que no estaban cuando llegué a la ciudad, hace casi cuarenta años ya. Por ejemplo, la fuente y los jardines detrás del colegio Fernán Pérez de Oliva, o el mismo colegio, que vi construir poco a poco, subir hacia arriba con esos bloques de construcción semiprefabricada, cada día que iba a mi colegio Calderón de la Barca, ahora convertido en centro "chico" de Secundaria, esto es, un centro en el que se imparte 1º y 2º de ESO, creo.
Todo lo nuevo estaba también muy limpio en mi recuerdo. Pasaban barrenderos y barrenderas hacendosas diariamente llevándose en sus bolsas de plástico colillas y bolsas vacías y restos de cáscaras de pipas de girasol. Pero ahora ya no, la crisis ha traído recortes en personal y ahora la limpieza organizada por el ayuntamiento solo llega para barrer las calles turísticas, de manera que cuando el autobús que me llevaba desde la Estación de Córdoba hasta el barrio del Santuario, adonde viven mis padres, el paisaje que veía a través de la sucia ventanilla se hacía poco a poco más sórdido, con los rincones de los edificios llenos de las primeras hojas caídas del otoño con papeles, bolsas de plástico, bolsas de patatas fritas y de pipas de girasol y de paquetes de tabaco pisoteados y vacíos. De manera que yo miraba toda esa construcción de jardines y colegios que se había ido haciendo a medida que yo crecía desde la sucia terraza del Mesón del Conde, que albergaba en la barra unos cuantos borrachos al borde de la violencia, y no eran todavía las siete de la tarde, y me di cuenta de que de alguna manera, la Córdoba que yo ahora veo, a pesar de la novedad de las autopistas y las nuevas barriadas y los nuevos parques, se parece mucho a la que yo recuerdo del año 1975: hay demasiada gente rebuscando en la basura y pidiendo por las calles, y hay muchos bares sucios que uno sabe están a punto de cerrar.
Desde la glorieta del Mesón del Conde, donde paré a tomar una cerveza fría al volver de visitar a mi abuela, miré todas esas cosas que no estaban cuando llegué a la ciudad, hace casi cuarenta años ya. Por ejemplo, la fuente y los jardines detrás del colegio Fernán Pérez de Oliva, o el mismo colegio, que vi construir poco a poco, subir hacia arriba con esos bloques de construcción semiprefabricada, cada día que iba a mi colegio Calderón de la Barca, ahora convertido en centro "chico" de Secundaria, esto es, un centro en el que se imparte 1º y 2º de ESO, creo.
Todo lo nuevo estaba también muy limpio en mi recuerdo. Pasaban barrenderos y barrenderas hacendosas diariamente llevándose en sus bolsas de plástico colillas y bolsas vacías y restos de cáscaras de pipas de girasol. Pero ahora ya no, la crisis ha traído recortes en personal y ahora la limpieza organizada por el ayuntamiento solo llega para barrer las calles turísticas, de manera que cuando el autobús que me llevaba desde la Estación de Córdoba hasta el barrio del Santuario, adonde viven mis padres, el paisaje que veía a través de la sucia ventanilla se hacía poco a poco más sórdido, con los rincones de los edificios llenos de las primeras hojas caídas del otoño con papeles, bolsas de plástico, bolsas de patatas fritas y de pipas de girasol y de paquetes de tabaco pisoteados y vacíos. De manera que yo miraba toda esa construcción de jardines y colegios que se había ido haciendo a medida que yo crecía desde la sucia terraza del Mesón del Conde, que albergaba en la barra unos cuantos borrachos al borde de la violencia, y no eran todavía las siete de la tarde, y me di cuenta de que de alguna manera, la Córdoba que yo ahora veo, a pesar de la novedad de las autopistas y las nuevas barriadas y los nuevos parques, se parece mucho a la que yo recuerdo del año 1975: hay demasiada gente rebuscando en la basura y pidiendo por las calles, y hay muchos bares sucios que uno sabe están a punto de cerrar.
sábado, 6 de octubre de 2012
Cambio de opinión
Voy a cambiar de opinión y voy a seguir con el blog, es el único sitio que tengo para entrar en contacto conmigo mismo y hablar de lo que me pasa. Últimamente me he dado cuenta de que me estoy volviendo loco, así que creo que retomar el blog será una manera de volverme a la realidad, una realidad relacionada con el estar bien, en paz con mis semejantes aunque en guerra con mis entrañas, que diría nuestro querido Antonio Machado. Pues eso, vuelvo a las andadas, o bien vuelvo a dejar constancia de lo que me pasa, que es seguir dejando constancia de mi paso por este mundo.
jueves, 6 de septiembre de 2012
The End
Terminó. Ya no hay más. Empecé el blog en un lugar que se parece poco a este donde ahora vivimos, en la Sierra de Madrid. Cuando me acuerdo de los Escritos Mínimos me lleno más de sopor o de culpa que de ganas de escribir una nueva entrada sobre mis nuevas vivencias o nuevos descubrimientos en un lugar hermoso pero también duro, porque España es muy dura, y los pueblos de España más, da igual dónde mires, si en el Norte o en el Sur o en el Centro. La dureza de España se puede entender si uno la compara a la dureza de su historia. Así que antes de ponerme a lamentarme en cada entrada, a lamentarme por España, por lo que puede ser y no es, por lo que es, antes de eso, cerraré los Escritos Mínimos. Comenzaré otros, pero no ahora. Ahora sólo tengo ganas de llorar. Sobre todo porque a veces pongo la tele en horario infantil y entonces tengo que apagarla, no por mis ganas de vomitar sino porque los niños miran incrédulos. Sobre todo porque a veces uno oye las declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que en otra vida fue ministra de cultura.
Pues eso.
The End.
Pues eso.
The End.
viernes, 17 de agosto de 2012
La nueva casa
Tenía yo muchas dudas con la casa, era la última que vi y no sabía si me confundía un poco la familiaridad que iban a tener mis hijos con la casa antigua, añadido el regalo de una puerta al final del jardín que da a un jardín aún mayor que da camino sobre el césped a las piscinas y a las canchas de tenis que Alexander está empezando a utilizar. Collado Mediano es un pueblo apartado del fragor calenturiento de Madrid y a un pie de Collado Villalba, que guarda el sopor mercurino de Madrid en los agostos acosados por las olas de calor. A James le encanta abrir el grifo de la manguera y la gata Candle ya tiene su gatera en el cristal. Ya hemos conocido al veterinario y a un americano maravilloso que se llama Eduardo y se dedica a cuidar perros y gatos cuando los dueños están fuera. El domingo, una vez que la mayor parte de las cajas están vacías, nos iremos a pasar cinco días a Cádiz. Para reconciliarnos con España, a la que llego, por cierto, con ese síndrome extraño que se llama choque cultural. La Playa de los Alemanes, en Zahara de los Atunes, hará una labor, espero, de sosegamiento que no podemos tener ahora, porque cada vez que nos despertamos, al abrir los ojos, nos encontramos con tantas cosas que hacer.
Paul Davey, mi suegro biológico, murió la última noche que dormíamos en nuestra casa de Londres. Lógicas poéticas de la vida, supongo. Al final de su vida lo quisimos tanto que no tenemos más remedio que pensar que también fue bueno, que no solo fue malo. Que fue un ser humano. Con sus luces y sus sombras. Como todos. Buen viaje, south londoner.
Paul Davey, mi suegro biológico, murió la última noche que dormíamos en nuestra casa de Londres. Lógicas poéticas de la vida, supongo. Al final de su vida lo quisimos tanto que no tenemos más remedio que pensar que también fue bueno, que no solo fue malo. Que fue un ser humano. Con sus luces y sus sombras. Como todos. Buen viaje, south londoner.
sábado, 28 de julio de 2012
La despedida
Hoy es domingo, son las seis de la mañana, me he despertado hace un rato para terminar de realizar la evaluación de uno de los módulos del máster. Afuera, aunque es de día, está todo silencioso y quieto como cuando es de noche y es invierno. Se me ocurre que ahora, cuando termine de escribir y comience a tender la ropa lavada, lo haré por penúltima vez.
Ahora, muchas cosas de las que hago las hago por última vez. Alexander va hoy a su última clase de golf con Steve, ese profesor-niño magnífico y gordo que un día, hace mucho tiempo, fue profesional. El martes llega el camión de la mudanza y todo se irá yendo poco a poco hasta quedarnos con las paredes vacías y supongo con nuestras voces resonando tristemente en los huecos que deja la ausencia de nuestras pertenencias.
La excitación de la nueva vida que nos espera, que emprendemos, no puede borrar la amargura del abuelo Paul Davey, que se está muriendo cada día en su habitación de St Christopher Hospice, al lado del precioso jardín victoriano de Crystal Palace.
Es posible que esta sea la última entrada que hago desde esta casa en la que hemos sido también felices un poco, que ha visto llegar al pequeño James cuando era tan solo una cosita minúscula a la que Alexander miraba con mucha aprensión.
Adiós.
Ahora, muchas cosas de las que hago las hago por última vez. Alexander va hoy a su última clase de golf con Steve, ese profesor-niño magnífico y gordo que un día, hace mucho tiempo, fue profesional. El martes llega el camión de la mudanza y todo se irá yendo poco a poco hasta quedarnos con las paredes vacías y supongo con nuestras voces resonando tristemente en los huecos que deja la ausencia de nuestras pertenencias.
La excitación de la nueva vida que nos espera, que emprendemos, no puede borrar la amargura del abuelo Paul Davey, que se está muriendo cada día en su habitación de St Christopher Hospice, al lado del precioso jardín victoriano de Crystal Palace.
Es posible que esta sea la última entrada que hago desde esta casa en la que hemos sido también felices un poco, que ha visto llegar al pequeño James cuando era tan solo una cosita minúscula a la que Alexander miraba con mucha aprensión.
Adiós.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)