Cuando llegamos a aquella aldea me pareció que la gente era más morena. Parecía mentira que después de un corto paseo por el bosque uno desembocara en un lugar extraño que se hacía doblemente extraño por el lenguaje que utilizaban, que era un gallego farragoso y rápido que yo no era capaz de comprender. Podía entender el gallego que hablaban mis abuelos, mis tíos, los vecinos de la aldea de Baronzás, pero a aquella gente morena que vivía del otro lado del bosque y de la frontera, no. El tío Emilio hablaba con ellos con cierta familiaridad. Entonces fuimos a comprar pan. Parecía que lo más interesante que se hacía en Portugal fuera el pan, que los mayores paladearon con exquisitez. Yo probé aquel manjar que se me deshizo en la boca, caliente aún, recién salido del horno, aunque era por la tarde, como si los hornos del pan estuvieran constantemente en funcionamiento de aquel lado del mundo.
Me he acordado esta mañana de aquel viaje a pie mientras comía una palmera en la cafetería Lisboa de Golborne Road. Es curioso que mucha de la memoria esté enlazada en nuestro cerebro con ciertas voces, ciertos olores. Llevo varios años viniendo al Lisboa a desayunar, pero solo ha sido hoy cuando azarosamente he recordado aquel paseo, tal vez porque con la misma facilidad uno atraviesa el vano de la puerta del Lisboa y sale de Londres para entrar en Portugal, sin necesidad de pasaportes ni de controles policiales. Este lugar donde el gallego se habla con velocidad endiablada y el inglés tiene un acento de eses sugerentes y erres españolas.
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