Hyde Park ha cambiado mucho en poco tiempo: hace dos meses todavía permanecía en el paisaje los estragos del invierno, los troncos desnudos de los árboles, un césped que se desperezaba pero no se atrevía a comenzar a crecer. En este poco tiempo Hyde Park se ha convertido en ese parque grandioso que es: cuando los árboles se visten de verde, cuando florecen, es cuando muestran su verdadera grandiosidad de seres de otros siglos. Día tras día, en estos meses, he ido viendo el despuntar tierno de los brotes, el florecer tímido de ciertos árboles cuyos nombres desconozco, la brutalidad de la irrupción de la hierba, que, como dijo el gran John Berger, uno casi puede ver crecer.
Hay cierta libertad de viajar en bicicleta, cierta autonomía y cierto encanto de velocidad a escala humana que no dan otros medios de transporte, y uno recuerda así que sigue siendo humano, limitado, que está a merced de los peligros y de la muerte, pero también recuerda, cómo no, que forma parte de un mundo todavía hermoso, poblado de pájaros que se cruzan con nosotros, mirlos cantando en una rama, zorzales que levantan el vuelo al vernos, una bandada de estorninos que decide, lleno de silvidos, detenerse en un jardín...
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