Algunos días que termino pronto y paso por Hyde Park a mediodía me cruzo en bicicleta con decenas de personas que a la hora del almuerzo se dedican a correr. Son mujeres y hombres, jóvenes y maduros, incluso muy mayores, corriendo con una cabezonería que sobrepasa el cansancio, recordando, aun sin saberlo, a aquel Pheidippides de Eucles que recorrió los 40 kilómetros entre Atenas y Maratón para susurrar su mensaje: "nike, nike", y caer fulminado por el cansancio. En grupos o en solitario, cada uno a su ritmo, algunos oyendo música en ipods, concentrados en su propia respiración, en las zancadas amplias o en los pasos rendidos.
Es una imagen que también vemos a la mañana: gente corriendo, ciclistas, atletas preparándose para uno no sabe qué acontecimiento futuro, tal vez el maratón de Londres, que cada año llena las calles de la ciudad con miles de personas. Es entonces cuando uno se da cuenta de que este país es un país de atletas. En las últimas olimpiadas Reino Unido fue, como casi siempre, el primer país europeo en el medallero y el cuarto mundial, tan solo por detrás de Rusia, China y EEUU.
Para mí solo es ahora cuando estoy a la altura de percibir la belleza que se encuentra en un cuerpo humano cuando corre o salta, concentrado al cien por cien en la actividad física que realiza, del mismo modo que en una buena novela, resultado de días y meses y años de trabajo continuado como el del corredor de fondo. Liberado del prejucio que dirigía mis sentimientos y mis percepciones, también solo es ahora cuando puedo disfrutar de un rato a la mañana haciendo jogging por medio del campo, por los caminos embarrados, junto a vacas o caballos, que es lo que hago en Somerset, cuando vamos a pasar unos días a la casa de mis suegros. Nos vamos el martes.
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